A todas las naciones, a todos los pueblos se ha aplicado alguna vez el calificativo profundo. La Galicia profunda, la España profunda, la América profunda y siempre se significa con ese adjetivo la residencia en la que habitan la maldad y la intolerancia colectivas. El nido de serpiente donde duermen la ira y la abyección. El crimen de Lalín vive en ese nido común, profundo como el vórtice de los remolinos de los ríos salvajes. Pertenece a ese inframundo que cohabita con nosotros desconocedores de sus vaivenes caprichosos, de sus veleidades satánicas. Nadie en la aldea podría creer que en la casa de los Mouriño volase sobre las lámparas el ángel del mal, el ángel caído que todo lo trastorna que todo lo enloda y prostituye. Pero el ángel estaba allí, acechando tras la puerta, vigilando cada día apoyado en las brasas de la chimenea, tocando la marimba del tejado con sus dedos viscosos, emponzoñándolo todo. Aquella familia próspera en la que creció Sonia, rodeada del calor del heno que aventaban las cuadras, se fue derrumbando cuando desatendieron el ganado y atendieron al boom de las inmobiliarias. Mientras las cosas fueron bien, el ángel del mal sonreía invisible trepando por las paredes de las cuadras abandonadas donde antaño, como en la tierra prometida, manaban leche y miel. Después vino la debacle conocida. Un tsunami orientado desde América hacia Europa que barrió sin control las esperanzas, los sueños y los deseos de la gente emprendedora que cayó en la red de los pescadores de altura y corbata que navegan en mares ocultos consiguiendo lances de millones de euros en una sola virada. De la noche a la mañana los Mouriño Reboredo sufrieron en sus carnes el mito de Prometeo al que Zeus encadenó a la roca Esticia para que cada día un águila le devorase el hígado que milagrosamente se regeneraba por la noche para servir de alimento eternamente al ave de los dioses. Así aquella familia sufría de día la merma de su anterior riqueza para de noche soñar en su recuperación y despertar sufriendo desde el amanecer los desgarrones crueles de un sueño arrancado a zarpazos sin más anestesia que el aire pútrido del aliento de las financieras que los acosaban. Le oí decir a un paisano de aquella aldea: «Cos cartos entrou o demo na casa». No todo el mundo está mentalmente preparado para la riqueza y la ruina. Para ese golpetazo ingrávido que de una hora para otra te manda de los salones a la cuneta, del mil al cero, de la seda a la arpillera. Entonces, cuando esto sucede, de lo profundo surge la bestia y descarga el golpe que convierte en hielo tu sangre para siempre.