Reportaje | El mimetismo de las fiestas populares Una progresiva pérdida del verdadero espíritu festivo de antaño ha provocado que los carteles de las celebraciones de hoy día sean idénticos en Noia, Lalín o Mondariz
25 ago 2003 . Actualizado a las 07:00 h.«¡Gloria a Dios en las alturas, han quitado las basuras de mi calle, ayer a oscuras, y hoy repleta de bombillas...!», así comienza la célebre canción de Serrat que resume, en veinte o treinta versos, la situación de alboroto que se produce en los pueblos de España cuando las autoridades dicen que el patrón reclama su parte de incienso y vanidad. La oficina del alcalde saca planchado el decreto universal invitando a la gente al desenfreno sosegado y, con mejor o peor fortuna, unos forzados voluntarios expuestos al calvario de la maledicencia, entrecosen toros con cantantes de moda, fuegos de artificio con gaitas y panderetas y misas con tómbolas y concursos de empanadas. Todo tan previsible que le aseguro a usted que, viaje a donde viaje, la fiesta permanente, clónica e impersonal le perseguirá durante este agosto ibérico y hortera y se encolará en su piel como una costra de chapapote de colorines con olor a refrito de churros y tacto gelatinoso. Me produce espanto pensar que el mismo cartel se puede colgar en Lalín, en Arzúa o en Mondariz sin que los goznes del baúl de los recuerdos chirríen sólo un poquito. Con la Noia que nos llevan se llevan también las fiestas en un alarde más del ominoso cultivo de lo impersonal. Los novios en las bodas y los niños en la primera comunión se han dejado, engañados por el brillo del oro, etiquetar la frente de modo que todas las bodas, todos los bautizos y todas las comuniones son idénticas y los álbumes del recuerdo semejan una colección de fotocopias. A mí me gustaban las fiestas de mi pueblo por la ansiedad con la que contabas los días que faltaban para su comienzo, por el olor a carne asada que salía saltando de los bares. Me gustaba ver a los guardias persiguiendo a los trileros y la moneda de 2,50 pesetas que me daba el abuelo Pepe. No lo recuerdo, pero tuvo que ser maravillosa la torería en plena calle que nos dejó rimada el poeta Labarta. Y los cantantes de pueblo con su halo de héroes acompañados por sus músicos que se subían al palco por la noche y manejaban la dorna o el arado por la mañana. En lo occiduo de mi vida me he vuelto un sentimental de lágrima fácil. Me dicen que el Fary fue taxista, pero yo sigo añorando el Opel Kapitán de Celestino y el «haiga» granate de Moncho Lira. Diviértanse. Después de todo es un día como otro cualquiera.