El menhir que no llevó Obélix

AGOLADA

PILAR CANICOBA

La rocambolesca historia del falso resto megalítico de Agolada

12 jun 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

A este vecino de Agolada la autoridad competente tendría que reconocerle sus valores cívicos. Nada hubiera sido más fácil para él que aprovecharse del presunto menhir que tiene en la finca y convertirlo en lugar de peregrinación para los devotos de la cultura megalítica, con una casa rural adornada con motivos prehistóricos, un centro de interpretación e incluso alguna ceremonia druídica al estilo de Stonehenge. Unos cuantos programas de Iker Jiménez y un libro de Paulo Coelho consolidarían el lugar que, con el tiempo, podría incluso convertirse en un centro de culto para una nueva devoción.

Es una época propicia para la credulidad. Ya decía Chesterton que quien deja de creer en Dios está predispuesto a creer en cualquier cosa. Incluso en una piedra. Seguramente los vecinos de los alrededores se tomarían a broma la creencia, pero colaborarían encantados para que los visitantes sintieran la emoción de entrar en contacto con la prehistoria. Vestirse con indumentaria de los Picapiedra ayudaría a hacer de esta parte de Galicia un destino turístico prometedor complementario del Xacobeo. Tampoco hay que descartar que a partir de entonces aparecieran otros menhires debidamente certificados para evitar aglomeraciones en el mismo sitio. El peregrino tendría la posibilidad de adquirir una esquirla similar a las del Muro de Berlín con las que Kohl financió en parte la reunificación alemana.

 Todo ese promisorio futuro se queda en nada porque el vecino es honrado. Nadie habría notado la confusión porque la historia que este buen hombre protagoniza demuestra que los megalitos no se conocen a simple vista, ni siquiera tras un concienzudo estudio de los arqueólogos. En este caso dieron por buena un pedrusco con un origen tan poco mítico como la destrucción con dinamita de un penedo para abrir una pista. No lo llevó Obélix. Uno de los trozos se coloca en la propiedad del vecino para ser catalogada años después como menhir de Riba, o sea que es una piedra cenicienta que se convierte en princesa lítica gracias a la varita mágica de los expertos. Allí queda varada viendo transcurrir el tiempo hasta que ahora se descubre que la piedra era una piedra.