Mecenas y mercenarios

Annie Sánchez

A ESTRADA

La historia suele tener una curiosa costumbre: juzgar a las personas por lo que hacen, pero olvida preguntar por qué lo hacen. Quizá por eso, cuando hablamos de quienes impulsan cambios sociales, proyectos culturales o avances colectivos, tendemos a dividir el mundo entre buenos y malos.

El mecenas que invierte recursos en una causa porque cree que merece existir y el mercenario que presta sus capacidades a cambio de una recompensa y aun así las sociedades han necesitado siempre de ambos.

Sin mecenas probablemente no habrían sobrevivido innumerables artistas, científicos, escritores o movimientos culturales. Sin profesionales remunerados tampoco se habrían construido muchas de las estructuras que sostienen el funcionamiento cotidiano de nuestras comunidades. El problema nunca ha sido pagar por el trabajo de las personas, el problema aparece cuando confundimos el valor económico con el valor social. Sucede especialmente en el ámbito cultural. Hoy se habla mucho de apoyo a la cultura, pero pocas veces nos detenemos a analizar qué significa realmente apoyar la cultura.

Porque contratar un artista no siempre es promover la cultura y comprar un espectáculo no siempre es fortalecer el tejido cultural. Con demasiada frecuencia confundimos el consumo cultural con el desarrollo cultural. Una figura conocida puede ser positivo, nadie discute que los artistas deben cobrar por su trabajo ni que los ciudadanos tienen derecho a disfrutar de propuestas de calidad. Pero apoyar la cultura implica algo más profundo. Significa crear oportunidades para que nuevos artistas puedan crecer, conservar las tradiciones que nos identifican y dar espacio a quienes están construyendo cultura todos los días, aunque todavía no llenen auditorios.

Porque existe una diferencia enorme entre utilizar la cultura para promocionar una comunidad y utilizar una comunidad para promocionarse a través de la cultura. La primera genera patrimonio, la segunda publicidad y aunque puedan parecer similares desde fuera, sus consecuencias son muy distintas. Lo mismo ocurre con los avances sociales. Se organizan campañas, actos institucionales y grandes declaraciones públicas. Sin embargo, demasiadas veces se invierte más energía en comunicar el compromiso que en resolver el problema.

Parece que hemos desarrollado una peligrosa habilidad para confundir visibilidad con implicación. La utilidad social no debería medirse por el tamaño de la inversión económica ni por el impacto mediático que genera. Una escuela no es importante porque alguien financie su construcción. Es importante porque existe un profesor que cada mañana abre la puerta y dedica su tiempo a formar personas. Un centro cultural no es valioso por la cantidad gastada en su programación. Lo es por la capacidad que tiene para generar comunidad, identidad y oportunidades. La cultura, la educación y el progreso social pertenecen a las personas. Son herramientas creadas para mejorar la vida colectiva. Cuando se convierten exclusivamente en instrumentos de rentabilidad económica, política o reputacional, pierden una parte esencial de su sentido.

Quizá la cuestión más importante sea preguntarnos quién se beneficia realmente de sus acciones. Porque hay mecenas que buscan reconocimiento y profesionales remunerados que generan un valor significativo para la sociedad. Los matices importan, la motivación, el resultado y la coherencia entre lo que se proclama y lo que se hace.

Y cuando dejamos de ver una herramienta de propaganda para volver a ver una herramienta de comunidad, deja de importar quién sale en la foto y empieza a importar quién recibe el beneficio. Ahí es donde se separan los intereses de los valores y la sociedad decide si quiere actuar como un mecenas o simplemente contratar mercenarios para que parezca que lo es.