Loli Mendoza: «Al principio choqué con la cultura gallega»

David Cofán Mazás
DAVID COFÁN A ESTRADA / LA VOZ

A ESTRADA

Nacida en Huelva, llegó a A Estrada en el 1995 para trabajar en un hogar de menores de Santeles

08 ago 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Desde muy pequeña Loli Mendoza Marín (Huelva, 1969) supo que su papel en el mundo era ayudar a los demás. Una pasión que se confirmó cuando vio llegar a su pueblo, Cumbres Mayores, a las misioneras de la Doctrina Cristiana, que sembraron en ella el germen por la asistencia y formación de las personas en riesgo de exclusión social. Esta labor desinteresada la llevó a afincarse en A Estrada en el año 95, siendo una figura esencial para el desarrollo de Cáritas en la localidad tal y como lo entendemos hoy en día, además de convertirse en una figura muy querida por las familias estradenses.

De orígenes muy humildes, con cuatro años perdió a su madre en un accidente, lo que significó para su familia un duro golpe, que en su caso sirvió para ver el mundo desde otro prisma. «La muerte de mi madre influyó mucho en mi vida, decidí refugiarme en lo que podría hacer por los demás», señala Loli.

Su vocación por ayudar a los más necesitados dio un vuelco en 1980, cuando descubrió en su pueblo la llegada de las misioneras de la Doctrina Cristiana. Ver lo que hacían fue el factor clave para que Loli decidiese embarcarse en la aventura de su vida. «Me impactó ver lo que hacían con las personas que más sufrían de mi pueblo y yo quería hacer lo mismo, respondía a mis inquietudes de estar con los más pobres», asegura. Una vez dentro de la congregación, su primer destino fue las Tres Mil Viviendas de Sevilla. Después de su paso en la capital andaluza, viajó a Madrid para estudiar Trabajo Social y completar así una formación esencial para poder llevar a cabo con garantías su labor.

Nada más finalizar sus estudios, la congregación decidió enviarla a cubrir una vacante en un hogar de menores en Santeles (A Estrada). «En el año 1995 llegué a Santeles porque falleció una hermana ahí y necesitaban alguien más. En mi caso me iba bien porque quería trabajar con menores. Pretendíamos que fuera un hogar, una familia para ellos y ayudarles a integrarlos en todos los aspectos», recuerda. Un año más tarde, vieron la necesidad de mudarse a A Estrada, siendo en ese momento cuando decidió emprender un cambio en Cáritas para aprovechar todo el potencial de la organización local.

«Cuando llegué lo que hacían era dar alimentos a las familias, pero no indagaban en cómo estaban esas familias y sus realidades. Mucha gente vivía en las aldeas y no se sabía como estaban, así que decidí hablar con el párroco que estaba por aquel entonces, don Manuel y le expliqué mis ideas. Él se fio de mí y pudimos emprender ese trabajo de coordinación, formación y promoción de los más necesitados de A Estrada», relata Loli, que para llevar a cabo esta tarea se valió de tres personas esenciales en su objetivo. «Siempre pensé que mejor hacerlo en grupo, porque si una se va, el trabajo continua. A la primera que llamé fue a Maruja Casais, que conocí en un encuentro de catequistas, luego contamos con Rosa Muñiz y Remi Chao, además de una chica de Bilbao que trabajaba en Hacienda y nos ayudaba con el aspecto económico», indica.

Lo primero que hicieron fue conocer la realidad social de las personas del rural estradense. «Empezamos a encauzar Cáritas tal y como está ahora. Hicimos programas y visitas a domicilio, en las que me acompañaba Maruja que conocía muy bien a la gente de la zona. Fuimos creciendo y alquilamos un piso en la calle Don Nicolás para hacer la acogida los miércoles que era día de feria», afirma. No fue un comienzo fácil, ya que de tuvo que lidiar con la desconfianza de algunos vecinos. «Al principio me costó porque los andaluces somos muy abiertos y yo choqué con la cultura gallega. A medida que iba pasando el tiempo eso cambió, pero de primeras eran muy desconfiados y cerrados, la gente era un poco reacia y hasta nos cerraban las puertas, pero poco a poco, con sencillez y sin prejuicios, la gente se iba abriendo», asegura.

En el año 2000, Loli decide emprender la etapa que más la impactó, viajando a Togo y posteriormente a Burkina Faso para ser misionera en África, donde estuvo 20 años formando y promocionando a mujeres y niños en condiciones de extrema pobreza de ambos países «En principio fui con la idea de no quedarme, ni quise aprender francés, pero la realidad me impactó tanto que volví dos meses para aprender el idioma y regresar», confiesa. La alegría y la gratitud en condiciones de extrema pobreza cambió el enfoque de Loli, que además de momentos irrepetibles, tuvo que vivir experiencias desagradables como revoluciones militares, asaltos o asesinatos de otros misioneros.

El primer empleo remunerado fue en Huesca en el año 99, trabajando en un barrio gitano como coordinadora del programa de familia y niños.

Mi primer viaje a África. Fue el 24 de septiembre del año 2000 y me desplacé a Togo. Cambió mi vida, descubrí otros valores y formas de ver las cosas.