Un ritual único para proteger la vida rural en Cereixo

Cereixo (A Estrada) conserva una singular romería celebrada desde el XVIII para proteger ganado y cosechas


a estrada / la voz

En la parroquia de Cereixo (A Estrada) se venera un San Xorxe muy particular. La imagen conserva la iconografía propia del San Jorge guerrero, montado a caballo y matando con su lanza al dragón que según la leyenda atemorizaba a todo un pueblo y pretendía obligar al rey a sacrificar a su propia hija para tenerle contento. Sin embargo, eso es todo lo que el San Xorxe de Cereixo tiene en común con el resto. Las atribuciones del santo sufrieron una radical transformación en el santuario de Cereixo, que ya celebraba una romería en su honor a principios del siglo XVIII.

En un cuadro votivo colgado en el propio templo parroquial, un labrador llamado Luis Villaverde agradece al santo la curación de sus vacas el día 7 de febrero de 1811. En un entorno rural en el que cosechas y ganado eran el sustento de las familias, ni hacía falta un santo guerrero ni servían de nada los ideales caballerescos. Lo que hacía falta era un santo que protegiese animales y fincas. Y como tal empezó a venerarse a San Xorxe en Cereixo, creándose una serie de rituales que, pese al desmantelamiento de la cultura rural, han conseguido mantenerse vivos hasta el día de hoy.

Las atribuciones y rituales de Cereixo son únicos. De todas las parroquias gallegas que festejan a San Jorge, solo se encuentra la misma atribución, por mimetización, en el santuario de San Pedro de Gonte (Negreira), en donde encargaron un santo igual al estradense para venerarlo también como protector del agro.

El San Xorxe se celebra cada año en la parroquia estradense el día 23 de abril, el Día do Santo. El domingo siguiente, el Día da Carne, es el día grande de la fiesta. La propia denominación remite a los rituales de protección de todo el universo rural. En esa fecha, los devotos llevan a la iglesia cacheiras, uñas y otras piezas de cerdo saladas como ofrenda. Carne para el Día da Carne con la que se agradece la protección de los animales sutento de la familia. En ocasiones -sobre todo en los últimos tiempos-, en lugar de piezas de cerdo se llevan exvotos de cera con figuras de cerdos, vacas u otros animales para los que se busca la protección o se agradece la curación.

A estas ofrendas se unen espigas de maíz de la última cosecha como agradecimiento por la abundancia y ausencia de pestes. Con ellas se toca el santo. Parte del grano -siempre que sea más el donado- se lleva de vuelta a casa para mezclar con otro y sembrar nuevas cosechas con protección divina o para alimentar animales enfermos buscando su sanación.

El ritual no termina ahí. Los devotos se acercan además al santuario con varas destinadas a la conducción del ganado. Antiguamente eran de avellano, aunque hoy las hay de todo tipo de materiales.

En el transcurso de las misas existe un ritual de contacto en el que los devotos depositan limosnas o tocan al santo con las varas de conducción del ganado, las bolsas o espigas de maíz o las estampas del santuario, que tras la ceremonia religiosa son bendecidas, dando valor religioso al rito popular. Antiguamente, las estampas benditas se colocaban en las puertas de las cuadras de los animales para protegerles de todo lo maligno.

Como ritual final, tras la procesión, los romeros pasan bajo las andas del santo para protegerse ellos mismos y sus bienes más preciados.

Desde la segunda mitad del siglo XIX hasta finales del siglo XX la romería de Cereixo fue una fiesta de referencia para las comarcas agrarias y ganaderas del entorno. En una economía como la de entonces, la muerte de un animal podía significar la ruina al perderse la carne para todo el año o la fuerza bruta para tirar del carro en los trabajos agrícolas. En la romería se festejaba además el inicio del buen tiempo, el cese de las lluvias y la oscuridad y el regreso a la vida.

A principios del siglo XXI, a la par que el sector agrario languidecía, la cita fue perdiendo adeptos. Sin embargo, gracias al trabajo esmerado de la parroquia, hace unos años la romería ha recuperado el pulso y permanece como vestigio etnográfico de un rural que se desvanece.

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