EL CRISOL | O |
06 ene 2006 . Actualizado a las 06:00 h.TENGO UN amigo fumador que esperaba ansioso el cambio de año para poder tomarse su descafeinado sin sufrir un ataque de ansiedad cada vez que oía girar un mechero y empezaba a llegarle el suave olor de un rubio encendiéndose. El pobre está dejando de fumar y ha hecho ya bastantes progresos, pero la hora del café es su peor condena. Sufre más que disfruta y casi siempre sale del bar con la boca pastosa y un gran peso de conciencia. Mi amigo esperaba que la nueva ley le ayudase a conseguir lo que su poca fuerza de voluntad jamás le permitirá llevar a buen puerto. Creía que habría dónde elegir y hacía conjeturas sobre qué cafeterías se convertirían en espacios libres de humo. Hizo cálculos y dedujo que al menos tres o cuatro locales superarían los cien metros cuadrados y tendrían que tener a la fuerza zonas para no fumadores. Pero sus esperanzas se esfumaron antes que su última cajetilla. El día 1, todos los bares pequeños presumían de su permisividad con el humo. Los adictos a la nicotina son mejores clientes que los menores de 16 años. Además, si no se cumplen las normativas de ruidos, de horarios de cierre ni de salidas de emergencia, parece improbable que los controles de humos lleguen a A Estrada de momento. Sólo un bar con despacho de loterías y quinielas apostó por colgar el cartel de prohibido. A ver si se mantiene. El resto aceptan la niebla de siempre, aunque ahora los camareros tengan que salir a fumar a la puerta. Lo curioso del tema concierne a los bares de más de cien metros. Parecen haber encogido con las lluvias que inauguraron enero. Algún establecimiento ha separado zonas de fumadores y no fumadores, pero otros han colgado el cartel que permite fumar y se han quedado tan contentos.