¡No hay cajones!

Annie Sánchez DESDE LA ESTACIÓN

DEZA

Los cajones están hechos para guardar cosas. Clasifican, ordenan y permiten que todo ocupe un lugar concreto. Funcionan muy bien para los documentos. Muy mal para las personas.

Sin embargo, llevamos décadas intentando hacer exactamente eso con la juventud. Buscamos etiquetarla, clasificarla y obligarla a seguir un recorrido previamente diseñado. Estudiante. Becario. Trabajador. Emprendedor. Funcionario. Como si el talento pudiera organizarse en compartimentos estancos y todos los jóvenes tuvieran que avanzar por el mismo camino, al mismo ritmo y en el mismo momento.

La juventud nunca ha destacado por encajar. Ha destacado por explorar, cuestionar, equivocarse y volver a intentarlo. Es la etapa de la vida en la que la curiosidad pesa más que el miedo y donde la capacidad de imaginar supera a la experiencia. Y, afortunadamente, coraje nunca le ha faltado. Lo que escasea no es el valor de los jóvenes para hacer las cosas de otra manera; lo que faltan son cajones donde un sistema demasiado rígido sea capaz de entenderlos sin intentar cambiarlos.

Nuestros sistemas administrativos parecen diseñados exactamente para lo contrario. Todo necesita un procedimiento, requiere una autorización y todo debe esperar. Mientras los formularios avanzan de mesa en mesa, el entusiasmo inicial se va quedando por el camino.

Hay quien habla del sistema como si fuera una fuerza de la naturaleza, inmutable y eterna. Pero el sistema no es un dios antiguo ni un señor con barbas largas sentado sobre una montaña de expedientes. El sistema somos nosotros. Son personas tomando decisiones. Y toda decisión humana puede cambiarse.

No es casualidad que algunos de los países con mejores políticas de juventud, como Finlandia o Dinamarca, hayan apostado desde hace décadas por facilitar el acceso temprano de los jóvenes a la participación, al emprendimiento, al asociacionismo y a la toma de decisiones. No entendieron a la juventud como un problema que gestionar, sino como un talento que activar.

La pregunta es inevitable: ¿por qué seguimos teniendo tanto miedo a dar herramientas a los jóvenes? Quizá porque empoderar siempre implica ceder parte del control y eso incomoda.

Resulta más sencillo pedir paciencia que asumir cambios. Más fácil crear un nuevo trámite que eliminar uno antiguo. Más cómodo hablar de juventud en un discurso que permitir que la juventud participe realmente en las decisiones que le afectan.

Así aparece una paradoja que miles de jóvenes conocen demasiado bien: Si estudias, te dicen que te falta experiencia. Si consigues experiencia, descubres que te exigen una titulación más. Si reúnes ambas cosas, te explican que no hay recursos. Y cuando finalmente aparecen los recursos, ya no queda tiempo, ni energía, ni aquella ilusión con la que todo había comenzado.

No siempre expulsamos a los jóvenes del sistema, a veces simplemente los agotamos. Poco a poco el ímpetu se transforma en resignación. La creatividad deja paso a la burocracia. Y la frase «vamos a intentarlo» acaba sustituida por otra mucho más peligrosa: «Es lo que hay.»

Pero también conviene hacer autocrítica como adultos, pedimos a los jóvenes que asuman responsabilidades, pero pocas veces estamos dispuestos a cedérselas de verdad. Queremos que innoven, siempre que no cambien demasiado las cosas. Los animamos a liderar, siempre que no cuestionen nuestras decisiones. Les pedimos iniciativa, pero les exigimos que no se equivoquen, y eso es imposible.

Educar también significa aceptar que quien recibe responsabilidades cometerá errores. Igual que nosotros los cometimos. La diferencia entre una generación que crece y otra que se resigna no está en el número de fallos que comete, sino en el número de oportunidades que recibe para aprender de ellos.

Herramientas, no privilegios

La juventud no necesita privilegios. Necesita herramientas, espacios donde experimentar sin miedo, instituciones que acompañen en lugar de bloquear y, sobre todo, necesita adultos con la valentía suficiente para compartir el riesgo de confiar en ella.

Porque el problema nunca fue que no hubiera jóvenes preparados para cambiar el mundo. El problema es que seguimos construyendo demasiados cajones para quienes nacieron precisamente para abrir puertas.

Y quizá haya llegado el momento de reconocer que no faltan jóvenes con coraje, lo que a veces faltan son adultos con el valor de entregarles las llaves.