El derecho de la ciudadanía al espacio público


A la hora de planificar un espacio público se han de tener en cuenta múltiples factores: la funcionalidad, la racionalidad y la satisfacción de los ciudadanos, facilitar la relación de las personas y el equilibrio entre los distintos grupos de personas: ancianos, niños, gente joven, etc. Si solo es utilizado por un colectivo homogéneo, o si ni siquiera se utiliza, habremos fracasado.

Transformar un espacio urbano implica tomar decisiones que cambian hábitos, y en ocasiones suscitan la irritación popular, bien porque el diseñador se equivoca, bien porque a los ciudadanos no se les explica suficientemente.

Desde hace siglos las comunidades crearon espacios de relación y trabajo alrededor de sus casas, atendiendo la orientación o el clima y las necesidades comunes. Así se crearon las ágoras, las avenidas y bulevares, los espacios de mercado y alamedas; generalmente con la racionalidad de que sirvieran para la función que debían cumplir.

Hasta que en la segunda mitad del siglo XX el automóvil revolucionó nuestras calles y al final llegó el colapso circulatorio, forzando una reformulación de la movilidad, que en Galicia se topa con la dependencia del coche particular, por la singularidad de un territorio disperso y sin una red de transporte público adaptado a esa atomizada estructura.

Ya es tendencia consolidada que los centros históricos estén libres de automóviles aparcados, pero también nace un problema añadido: ese espacio liberado está siendo colonizado por terrazas de modo desproporcionado. Por tanto, no se produce el retorno a los peatones, sino que se privatiza un espacio que debería revertir a todos los grupos de edad que puedan desarrollar múltiples actividades distintas de la de sentarse a beber. No se justifica esa ocupación en el simple pago de impuestos, porque otras actividades quedan privadas de ese derecho. Debe establecerse un equilibrio para evitar que plazas como la de la Leña, en Pontevedra deje de ser una plaza pública para ser una simple terraza de los bares.

Ese no es el camino. La ciudadanía tiene derecho al espacio público sin limitaciones, sin obstáculos y para todos. Es un derecho adquirido en siglos.

Al margen de los centros históricos surgen alternativas interesantes, que funcionan desde hace tiempo en Europa: el espacio compartido de respeto, en el que se reduce drásticamente la velocidad y la cantidad de coches, dando prioridad absoluta a peatones. Creando aparcamientos periféricos gratuitos, puede forzarse la reducción del tráfico al imprescindible, con la ayuda de elementos urbanísticos como pavimentos a distintas alturas y texturas, incómodos para conducir, y obstáculos que inviten a una conducción muy lenta y solo la imprescindible. Se ha de implementar, además, con árboles de sombra y mobiliario urbano complementario pensado y colocado adecuadamente para el disfrute de los peatones, estableciendo su prioridad sobre el resto de actividades. Los árboles inducen a la estancia y el paseo y favorecen el comercio local, incrementando el valor urbano de la zona.

Conseguir el equilibrio, la transversalidad y el respeto de todos es el objetivo del espacio urbano del s. XXI.

Por Carlos Henrique Fernández Coto Arquitecto

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