Un compositor en busca de orquesta

Ha creado la segunda parte de la «Muiñeira de Chantada» y ha revisado el «Ave María» de Schubert


a estrada / la voz

Al estradense José Luis Simois la música le sale del corazón. No importa que de pequeño una gripe le haya provocado cierta sordera. Él tiene la música en su cabeza y le da rienda suelta en partituras que no se cansa de escribir con la esperanza de que alguien les dé vida algún día.

Simois, que reside en Lagartóns desde 1980, no ha tenido una vida fácil. Hijo de Manuel Simois Prieto -un vecino de San Xorxe de Cereixo- y de Clemencia Barcala -originaria de Lagartóns- pasó su infancia en Venezuela, donde estaban emigrados sus padres. Allí acabó el bachillerato y comenzó luego estudios de formación profesional. «Mi padre quería que fuera técnico electrónico y empecé esos estudios equivocadamente, porque a mí lo que me gustaba ya entonces era la música», explica.

Su llegada a España estuvo teñida de dolor. «A mi padre lo mataron en Venezuela y yo vine con el féretro. Cuando salía del trabajo lo asaltaron para robarle y lo mataron. Una asociación de aquí ayudó a hacer posible el traslado del féretro», explica José Luis Simois. Su madre, que trabajaba en un negocio de confección de ropa, se quedó en Venezuela un tiempo antes de regresar a A Estrada definitivamente e instalarse en el chalé que ella y su marido construían en Lagartóns.

En España, José Luis Simois se fue buscando la vida como pudo. Trabajó tres meses en Musical Canadá, encargándose de las amplificaciones para la orquesta. Pero la música seguía llamando a su puerta, así que de la mano de Eulogio López Masid, el antiguo director de la Banda de Música Municipal, cursó estudios musicales. Según cuenta, fue tamboril un tiempo en Tequexetéldere y en un grupo de la extinta Asociación Cultural A Estrada. Pero lo suyo no es la interpretación. «Toco el tamboril, la guitarra un poco y el piano, pero no soy muy bueno en eso», confiesa.

Lo que realmente le gusta a José Luis es componer. Aunque sus inquietudes nunca hayan encontrado apoyo firme. «Mi madre no entendía que escribiera música. Quería que trabajara en el campo. Tenía poca fe en mí», explica. «Yo tengo una paga por discapacidad y ayudaba a mi madre en casa. Nunca pude dedicarme por completo a la música, pero era lo que salía de mi corazón. Es lo que el cuerpo te dice», explica.

«La Novena Sinfonía o el Aleluya de Haendel no me gustaron, así que hice mis propias versiones»

El compositor se ha lanzado ahora a difundir sus creaciones, tratando de conseguir un trabajo en el ámbito musical para completar una pensión que, según asegura, apenas le llega para vivir. «Son 392 euros al mes. Voy a vender la casa y comprar un piso pequeño», cuenta.

En su campaña de búsqueda de empleo el músico llega acompañado por una carpeta llena de partituras y una de casetes en las que él mismo interpreta al piano sus propias composiciones. «Yo no soy muy bueno tocando el piano y algunas piezas no están muy ensayadas, pero se entiende», explica.

Revisiones de clásicos

A Simois le apasionan las revisiones de los clásicos y la música tradicional gallega. Entre sus creaciones hay versiones del Ave María de Schubert, de la Novena Sinfonía y de Para Elisa, de Beethoven, o del Aleluya de Haendel. «Escuché las originales y no me gustaron, así que hice mi propia versión», explica orgulloso de sus resultados.

En cuanto a la música tradicional, ha compuesto, entre otras, la segunda parte de la Muiñeira de Chantada. «Me gusta Galicia y la música folklórica me parece muy bonita. Está muy bien hecha. Después de la clásica es lo que más me gusta», cuenta. «También tengo versiones de A Rianxeira y de Sálvora», comenta.

Simois sueña con encontrar un grupo que interprete su música. «Necesito alguien que me descubra. Que escuche lo que hago y vea que mi música es bonita. Tengo de todo: pasodobles, jotas... Cuando me viene una melodía a la cabeza, la escribo», explica.

«Ya he hablado con varios amigos y he puesto algún anuncio en la radio, pero de momento no he tenido suerte. Tendré que seguir probando», cuenta sin dejarse llevar por el desánimo.

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