EL CRISOL | O |
19 dic 2006 . Actualizado a las 06:00 h.EL SALMÓN es un pez delicado. Tiene un ciclo vital complejo y su peregrinación del río al mar y viceversa requiere una especial protección de los cauces fluviales para poder finalizar con éxito. Las presas no ayudan en nada. Son barreras artificiales insalvables para los extasiados salmones cansados de recorrer kilómetros desde las frías aguas del mar del norte hasta las del Ulla. Los vertidos tampoco contribuyen a la recuperación del salmón atlántico. Si estas dos cuestiones no se tienen en cuenta, de poco sirven todos los planes de recuperación del salmón que venden desde las administraciones como la fórmula mágica para recuperar el salmón. Hubo una época en la que en A Estrada sobraban los salmones. Había tantos que el salmón era el plato más habitual y más aburrido de la comarca. Los hidalgos con jornaleros a su cargo solían ofrecerles menú de salmón a diario y los trabajadores lo tenían tan aburrido que en cuanto veían la oportunidad pedían cualquier otro alimento a cambio. Entonces los salmones se veían saltar en el Ulla. Y eran salmones de verdad. Salvajes. Sin embargo, hace años que ya no colean tanto. Pese a los planes de recuperación del salmón impulsados por la administración, el pez no se encuentra a gusto en el Ulla y su fiesta gastronómica pierde el sentido auténtico que podría tener. El salmón que ahora comen los estradenses es como el que comen los madrileños. Es salmón de piscifactoría. O de Noruega. Dicen quienes han tenido la extraña fortuna de saborear el otro que no hay ni punto de comparación. Que el de verdad tiene menos grasa y mucho más sabor. Pese a todo, todavía queda esperanza. En los últimos tiempos, el Ulla parece que empieza a responder a las repoblaciones y ahora parece inminente la apertura de un centro ictiogénico para avanzar en la tarea. Veremos si sirve de algo.