Buenos propósitos para el 2006

DEZA

AL FILO | O |

26 dic 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

DICEN QUE para algunas cosas los preámbulos son lo mejor de todo y eso también es extensible a la Navidad. Desde octubre llevamos añorando el turrón, los villancicos, las calles iluminadas. Fueron semanas de soñar con el calvo de la lotería, con el milagro de hacerme millonaria sin jugar un décimo, de soportar sesiones de quince minutos de anuncios, de preguntarse qué sería de las muñecas aquellas que iban al belén, de estudiar al detalle los catálogos de las jugueterías, las revistas de cocina para elegir el menú navideño y las ofertas de los supermercados. Y al final, todo para nada. El Rey ya dió el discurso, los Lunnis nos amenizaron la cena y ya estamos a vuelta de martes hablando de los plenos ordinarios, de las tragedias en la carretera y haciendo mentalmente esas listas de buenos propósitos para el Año Nuevo que luego nadie cumple. De niños tendemos a pensar que en Navidad todo es posible. Las bombillas de las calles, la musiquita y los buenos deseos son tan contagiosos que nos parece que vamos a ser capaces de cambiar el mundo, de aportar un grano de arena para mejorar todo lo mejorable. Pero al final, a vuelta de calendario el día nos devuelve de golpe y porrazo a la dura realidad. Al final de todo la mayoría repetimos una Nochebuena tras otra la misma rutina de turrones, marisco. Pasamos de la búsqueda de regalos a la del traje de Fin de Año y vuelta a los regalos, de Reyes, al marisco, al turrón y al brindis. Las uvas, la Puerta del Sol, la lotería, el concierto de la Banda de Lalín, los saltos de esquí, los de Viena bailando el vals. Y no hay manera de variar el programa, porque ya se sabe que cuándo una cosa funciona... En las listas de buenos propósitos para el 2006 abundan esta vez los de dejar de fumar, junto a los clásicos de hacer dieta, apuntarse a un gimnasio, aprender informática o poner se al día con el inglés (me refiero al idioma). Hay quien va más allá y se plantea empresas más arduas como aquello de plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro o más sencillas, pero tan difíciles de conseguir, como sonreir más al prójimo o soportar de buen grado, al jefe/a o a la suegra (que no sé porque nadie se queja nunca de los suegros). Para todo hay, aunque yo conozco a alguien que cada año apunta el mismo deseo y se empeña en la misma tarea: la de sobrevivir, que no es poco. ¡Féliz año a todos!.