Diluvio en la calle y sequía en el grifo

DEZA

SIN SODA

31 oct 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

TIENE GRACIA. Después de meses de interminable sequía que dejaron a los agricultores al borde de la bancarrota y a los turistas saltando de alegría, el cielo ha escupido su jugo de golpe y ha dejado un mes de octubre empapado de otoño, de nostalgia y, sobre todo, de lluvia. A falta de estudios pluviales más serios, los tertualianos de los bares y cafeterías estradenses calculan que en el mes que acabamos de superar abrieron el paraguas más veces que en el resto del año al completo. No hay datos estadísticos, pero parece bastante probable que pueda ser cierto. Ayer, al menos, el agua caía a calderos. Casi diría a mares, si no fuera que alguien me ha dicho que esa es la metáfora que me sale siempre. En todo caso, para estos días sería apropiada, porque hay momentos en los que las calles parecen, como mínimo, el río Ulla en su buena época. Y tiene gracia. Tiene gracia que empapándonos con sólo poner un pie en la calle, no podamos ducharnos cuando estamos a cubierto. A Estrada amaneció ayer en el dique seco. Fue por una rotura en una de las tuberías que conducen el agua desde el depósito de Penerada hasta los hogares estradenses. Muchos pensaron que la fractura había sido uno de los efectos del amago de huracán que cruzó el océano y otros lo atribuyeron al temporal y al exceso de aguas pluviales después de tanto tiempo a secas. Nada de eso. La rumorología falló una vez más. El origen del problema tenía más solera. La cañería de uralita que complicó la mañana a los estradenses llevaba enterrada en Penerada desde 1926. No es extraño que empiece a sufrir achaques ni que necesite muletas a veces. Lo peor es que para sus males no hay remedios milagrosos y la enfermedad que la aqueja parece terminal. Quizás, aunque duela, habría que ir pensando en darle el relevo por otro tipo de material.