EL CRISOL | O |
28 oct 2003 . Actualizado a las 06:00 h.ODIO A los que se creen imprescindibles. nadie es esencial y no actuar en consecuencia es un error y una chulería. Somos prescindibles en el amor, lo somos en el trabajo y lo somos hasta en la rutina. La muerte es una buena prueba. Es la prueba contundente y la prueba definitiva. Hay difuntos que no tienen ni flores en su entierro, difuntos por los que se derraman cubos de lágrimas y difuntos que dejan un hondo vacío. Hay difuntos que dejan huérfanos grandes proyectos y otros que dejan llagas en el alma y carne de gallina. Hay difuntos que siempre echaremos de menos. Pero no hay superhombres imprescindibles. En XXI siglos de historia han muerto grandes personas. Grandes en corazón -como muchos anónimos- y grandes en genio. Como Einstein, como Chaplin, como Napoleón o como Nietzsche. Como Van Gogh, como Picasso o como Goya. Como Vivaldi o como Mozart. O como el marqués de Sade. Grandes figuras en su género. Incapes de pasar desapercibidas. Pero no imprescinbles. Sus vidas dieron un vuelco a la historia, pero sus muertes no fueron suficientes para frenarla. La vida sigue igual, que dice la canción. Al final pocos pasarán a la historia y casi todos caeremos en el olvido. Por eso nunca está de más una cura de humildad. No hay Einsteins en todos los proyectos ni Vivaldis en todas las orquestas. Aún así, la humildad no está de moda. Se lleva más el estilo Aida de prepotencia infinita. De chulería superlativa. De desprecio a todo y a todos. De dialéctica corrosiva. De mirar por encima del hombro. De mirarse al espejo para felicitarse. Y de no verse más que el ombligo.