Tardes pegajosas

| ROCÍO GARCÍA |

DEZA

SIN SODA

06 ago 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

A cuarenta grados centígrados se reblandece el asfalto, se evaporan las piscinas y se esfuman hasta las ideas. Los albañiles olvidan su repertorio de silbidos, los camioneros miran con apatía las fotos del calendario erótico y los agentes de tráfico patrullan en moto. Los conductores suplen el aire acondicionado a golpe de acelerador. Los guardias se desahogan poniendo multas. Los helados se derriten nada más hincarles el diente. Las bebidas se calientan. Los ánimos se caldean. La vida se vuelve pegajosa cuando el termómetro supera los treinta. Suda la frente. Suda el bigote. Suda la nuca. Y a uno le entran ganas de transformarse en Sinéad O'Connor. O en la teniente O'Neil. De jugarse el tipo cambiando la corbata por las chanclas. De tirarse a la fuente pública. De meter la cabeza en el congelador para refrescar las ideas. De cualquier cosa menos de trabajar. Debería estar prohibido.