Nueve de la noche del domingo de las fiestas. La cafetería lalinense Atly llena de clientes que huyen de la tromba de agua que cae sobre la calle. De repente, el diluvio. La tapa del registro de aguas del local sale por los aires y el local se inunda en un pis pas . Sin tiempo a apurar el último trago, los clientes salen de la cafetería. A Olga Taboada, la propietaria, no le llegan los pies y las manos para hacer frente al improvisado aguacero. Mientras los bomberos intentar achicar el nuevo Titánic dezano, Olga sube botellas a la barra, recoge sillas, aparta mercancía... todos los esfuerzos son pocos ante tal avalancha de agua. Tras rondar los treinta centímetros, y gracias a las labores de los efectivos, el agua empieza a descender. Pero aún queda lo peor: la orquesta Sintonía de Vigo entonando sus canciones a escasos metros, centenares de personas entre el público y Olga con su bar cerrado. Para llorar, vamos. Tras una noche de puertas cerradas, llega la sorpresa del día siguiente. Olga abre el local y se encuentra piedras, tierra, papeles, plásticos y mucha basura. Al parecer, «provienen de las alcantarillas de la calle que no deben estar muy limpias», dice una triste Olga. Uno se acuerda de los impuestos, de las pérdidas y de la maldita lluvia. Pero al final, vale más coger la fregona e ir allanando el terreno.