Recordando sus tiempos de carpintero, Manuel Fernández dice tener muchos buenos recuerdos y muchas anécdotas. Y es que su vida está repleta de historias. -Me pasaron muchas cosas. Yo lo he pasado bien, no quiero decir que fuera número uno, pero he sido muy querido a donde he llegado. Estuve treinta años en el taller de Lalín, teníamos máquinas pero trabajábamos mucho a mano. Después me fui a San Sebastián con la señora y una chavala, porque aquí se ganaba poco, y allí me jubilé hace seis años. Así que anécdotas tengo muchísimas... -¿Cuál recuerda especialmente? Recuerdo que estábamos haciendo una vivienda de siete plantas en San Sebastián. Al último piso había que hacerle un remate en redondo. Era una obra que hacía esquina con dos carreteras y arriba había que hacerle unos vuelos con unas molduras. Había que hacerlo a mano y ahí mismo porque la moldura era fundida en hormigón. El encargado me pidió que fuese arriba a hacerla. Allí yo tenía una buena consideración, sabían que trabajaba muy bien. Así que lo hice. Cuando lo tenía montado llegó el arquitecto de la obra y me dijo «oiga chaval, vaya obra que tiene usted», ¿está bien? le pregunté, «bien no, bien pero de verdad». -¿Qué fue lo peor que le pasó en su oficio? También, cuando estaba en San Sebastián tuve un accidente que casi me deja sin una mano. Me cogió un disco redondo que le llaman la circular, como una sierra con dientes. Yo estaba cortando una pieza que era muy larga y la agarré de la manera que no se podía hacer. Eso fue criminal. La máquina me rebanó la mano, la madera que estaba cortando salió volando 7 metros y golpeó contra una columna, la mano me quedó colgando hasta la mitad. Me operaron y ahora no puedo cerrar la mano del todo porque los tendones quedaron cortos pero, por suerte, aún me sigue funcionando a pesar de ello.