Turno para el héroe inesperado que ansía regresar a casa

Fernando Llorente, ante su gran oportunidad en el Tottenham con las bajas de Kane y Son


El eterno suplente en el Tottenham, una peculiar conjunción de factores le ha devuelto a la picota. «Creo que el balón toca mucho más mi cuerpo que la mano». Fernando Llorente (Pamplona, 1985) venía de silenciar Mánchester a la salida de un córner, tras un error de Kompany, con un poco ortodoxo remate de cadera. «Desde un ángulo es mano», deslizó Guardiola. Tras el minuto largo de thriller en el VAR, Cakir validó el segundo pase de los Spurs a unas semifinales de la máxima competición continental.

Llorente había enmarcado su nombre partiendo, como casi siempre, de la banqueta. Salió, al filo del descanso, tras la lesión de Sissoko. Con Harry Kane en el dique seco -por un problema en el ligamento de su tobillo, que arrastra desde la ida ante el City- y la sanción del coreano Son, los galones apuntan a Llorente, como tercer delantero en discusión. Pero Pochettino no descartar renunciar a la ficha y otorgarle a Lucas Moura la disposición de falso 9. Ni siquiera la gloria del héroe le garantiza, sin competencia, la plaza.

Llorente participó en 19 partidos en lo que va de Premier. En ocho de ellos no llegó a disputar ni diez minutos. Apenas completó cuatro encuentros. Anotó un solo gol -ante el Watford- y lleva meses petando en el escaparate de San Mamés. «¿Volver al Athletic?. Por mí, sí» dejaba ya en su tarjeta de visita en diciembre. «Me gustaría mucho, pero no creo que me dejen salir ahora», apostilló días después, en pleno mercado invernal, como si solo se tratase de prolongar la despedida. Y, desde entonces, a cada pregunta no deja de repetir que le gustaría retirarse en Bilbao, en la misma plaza a la que se lo llevó Amorrortu con once años. Era alevín y no entrenaba con el equipo, lo hacía en su pueblo, la localidad riojana de Rincón del Soto. Solo jugaba las segundas partes.

Se cumplen, por estos albores de abril, siete años de una noche que en Bibao no olvidan. Con un 2-1 en contra, firmado en el José Alvalade, la vuelta se puso, ante el Sporting de Portugal, con idéntico resultado en favor de los leones. La prórroga parecía inevitable cuando la puntera de Llorente lo evitó. El Athletic de Bielsa se colaba en la final de la Liga Europa, que acabaría perdiendo ante el Atleti en Bucarest.

Su estampa, derrumbado e incapaz de contener las lágrimas, pulula todavía por el viejo San Mamés, el mismo estadio en el que anotó el último gol de la historia del Athletic.

De Bilbao se fue despidiéndose en una dilatada agonía. «No quería pasar el año que he pasado y jamás volveré a pasarlo. Intenté que obtuvieran la máxima cantidad por mí, pero me encontré con una negativa total». La negativa al traspaso se la dio el entonces presidente, Josu Urrutia. Se acabó marchando gratis a la Juve, al no aceptar la oferta de renovación. Allí conquistó dos ligas, una Copa, una Supercopa y jugó una final de la Liga de Campeones ante el Barcelona.

Pero, pese al palmarés, Llorente no llegó a encontrar allí su sitio. Tras una primera temporada alentadora, en la que su dupla con Tévez dejó ratos para la gloria, fue perdiendo protagonismo en la segunda y Morata lo acabó relegando al banquillo. Había firmado por cuatro y abandonó a la mitad. Llorente rescindía para regresar a España y embarcarse en Nervión.

En Sevilla nunca logró la confianza de Emery. Su contrato, por tres campañas, se finiquitaba tras una decepecionante primera. El Swansea pagó por él 6 millones de euros, que convencieron en el mismo despacho que meses antes le había puesto, tras su fichaje, una cláusula de 20.

En Gales, se hizo clave para un modesto al que acabó rescatando tras pasar tres meses en puestos de descenso. Marcó 15 goles y su cotización recuperó altura. El Tottenham de Pochettino, en el que cumple su segunda temporada, pagó por él 17 millones. Un gran negocio para el Swansea. Su contrato vence en junio y quizá, entonces, le llegue el turno para su ansiado regreso a Lezama.

Austeridad en busca de la campanada

Miguel Olmeda

Tottenham y Ajax, las dos grandes sorpresas de la competición, se miden en la antesala de la final

Resulta paradójico que en el fútbol europeo, engullido por el frenético mercado en los últimos años, puedan ser campeones de la Champions League dos equipos que trabajan a contracorriente. Uno por imposición y el otro por necesidad, Ajax y Tottenham son la contracultura del gasto multimillonario, y sin embargo sus políticas han terminado con ambos conjuntos entre los cuatro mejores del continente. Esta noche (21:00 Movistar Liga de Campeones) comenzarán su carrera para colarse en la finalísima de Madrid.

En el caso de los de Ámsterdam, no tienen más remedio que aceptar ser pez chico en Europa y grande en los Países Bajos: cada temporada sus arcas rebosan, pero apenas reinvierten una mínima parte en apuntalar la plantilla con nuevos jóvenes de la Eredivisie o, como el pasado verano, repatriando a talentos que ya emigraron en su día (Blind y Tadic). En julio partirán Frenkie de Jong y Matthijs de Ligt, y el club ya se ha apresurado a promocionar a Jurgen Ekkelenkamp y fichar a Kirk Pierie, sus respectivos relevos.

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