Alcaraz es una fiesta. Un crío devuelve el deporte a su origen de diversión. Carlitos se empeña, sin darse ninguna importancia, en continuar viviéndolo como un juego. A sus partidos solo les falta en lo alto una bola de espejos girando. Su mejor táctica es pasarlo bien, como a veces le recuerda su madre. Sus respuestas tras los partidos son frescas e ingeniosas. Al firmar ante la cámara, lanza bromas que a veces solo entiende la chavalada de la generación Z.
Y hasta en los días nublados como el que vivió esta vez en la semifinal del Open de Australia contra Zverev es capaz de comportarse, con solo 22 años, como el último romántico. Caballero con el rival como si enfrente estuviese su hermano. Su tenis es tan divertido, que un partido suyo en Melbourne parece un antiguo duelo de Copa Davis con el público español volcado.
¿Dónde ver la final Alcaraz-Djokovic este domingo?
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Vulnerable para acalambrarse, y natural para levantarse. Porque el lunar del héroe no puede ser tan grande si hasta ganó 15 de sus 16 partidos que se estiraron hasta los cinco sets. ¡Cuántas veces pareció perder el pulso contra Zverev!
Ojalá dure años su autenticidad. La sonrisa del millón de dólares del tenis, que clavó hace unos días Mats Wilander.
Unos minutos después de la hazaña de Alcaraz, Djokovic logró otro imposible representando todo lo contrario de lo que simboliza Alcaraz. No hay competidor como el serbio. No hay físico como el suyo. No hay situación que le estrese. No existe una táctica clara que le desactive. Ni un rival que le entierre todavía. Sinner, el robot de la nueva generación, el jugador más frío, el muro de los golpes fondo, el larguirucho que llega a todo, se derritió ante un portento de 38 años.
Y ahora, ¿qué? Alcaraz es favorito para regalar una colosal final del cambio de guardia.