La Supercopa que Marcelino se merecía y que el Valencia le negó

El técnico asturiano modeló al Athletic en apenas doce días y lo guio hacia el título


Redacción

Fue despedido en el 2019 del Valencia, meses después de ganarle al Barcelona la Copa del Rey (también en Sevilla), y no tuvo la opción de disputar la Supercopa del pasado año que se había ganado a base de trabajo y talento. Aquella final a cuatro que el equipo che acabaría disputando en Arabia Saudí con Celades como sustituto y que ni le compitió al Real Madrid en las semifinales. El fútbol es irónico y un curso después del portazo recibido por Peter Lim, Marcelino García Toral (Villaviciosa, 1966) se encontró jugando la siguiente Supercopa que se había ganado otro compañero sin suerte, un Gaizka Garitano fulminado hace menos de dos semanas después de haberle ganado al Elche.

Marcelino está de vuelta. Siempre con una botella en la mano, haciendo sentadillas en la banda, viviendo con intensidad cada jugada, gesticulizando cada acción como si fuera la que decide el partido. Con la misma fuerza de siempre y sin apenas sesiones de trabajo llevó al Athletic, primero a tumbar al Madrid en semifinales, y ayer al Barcelona en la final. Siendo además mejor en ambos casos.

Los leones volvieron a ser un equipo compacto en La Cartuja. Presión alta como primera opción y defensa en bloque medio y adelantada como segunda. Siempre juntos. Con líneas indivisibles. Los diez futbolistas de campo se agruparon en 25 metros y minimizaron esos espacios en los que Messi siempre hace diabluras. Incluso cuando juega cojo, como ayer. En ataque, sin miedo a tocar y siempre buscando centros desde los costados al área hacia Raúl García, o bien galopadas de Iñaki Williams, que recibió la perfecta lección de Marcelino de que a quien debía buscar en sus carreras era a Lenglet. El francés es más lento que Araújo y por su falta de cintura pasaron los desequilibrios bilbaínos.

Todo se jugó como quiso Marcelino y solo un desajuste en la banda derecha rojiblanca acabó con botellazo al suelo (el 1-0 de Griezmann). De Marcos le devolvería la sonrisa al técnico del equipo vasco antes de descanso para hacer justicia.

Si la presión, si la agresividad, son señas de identidad históricas de los equipos de Marcelino, la otra es la estrategia en las jugadas a balón parado, virtud que también pudo exhibir anoche. Primero, en el tanto anulado a Raúl García en el arranque de la segunda mitad; y, después, en el 2-2 de Villalibre que envió el partido a la prórroga en la última jugada del partido. El entrenador del Athletic lo celebró con rabia extendiendo sus índices como si fuera un pistolero.

Es digno de estudio cómo un entrenador que fue presentado el 5 de enero, doce días después es capaz de demostrar sus ideas en un equipo. La genialidad de Williams en el arranque del tiempo extra, colocando el balón en la escuadra, fue la rúbrica a esa Supercopa que se merecía gozar Marcelino desde hace un año.

La espina sacada

Pero si este título es una bendición para Marcelino, no lo es menos para todo el Athletic, que en los últimos treinta años parecía condenado a estrellarse siempre contra el mismo rival.

Y es que en los últimos treinta años, los rojiblancos han optado a seis títulos y en todos con el mismo rival como bestia negra. El Barça le había ganado cuatro (las tres finales de Copa del Rey celebradas) y solo la Supercopa del 2015 había caído del lado vasco, aunque aquella a doble partido (un sonoro 4-0 en San Mamés y 1-1 en el Camp Nou).

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