Aquel año se llevaban las camisetas por dentro y los calcetines hasta la rodilla. Un adelanto del estilo urbano que se impondría solo treinta años más tarde. El balompié, siempre en vanguardia, hasta formó su propio cuerpo de policía de la moda: señores de negro con silbato pasaban revista antes de cada partido mientras sus ayudantes buscaban rotos entre las redes.

Frente a esos primeros indicios de fútbol moderno, Rodolfo fue durante varias temporadas el Vincent D’Onofrio de los campos de pobres. Un recluta Leonard de Segunda B para el que cada colegiado ensayaba su propia versión del sargento Hartman, por si Kubrick se atrevía con el remake futbolero de La Chaqueta Metálica. La escena era clavada, encuentro tras encuentro: severa amonestación verbal, que ya iniciado el duelo se volvía apercibimiento de tarjeta. Rodolfo también calcaba sus líneas, a fuerza de repetirlas cada fin de semana: repliegue de elástica, estirón a las medias y sonrisa conciliadora a la espera de que el colegiado se diera la vuelta. Con él esperaba una grada repleta de adolescentes. El árbitro apartaba la mirada, los pantalones volvían a quedar ocultos y asomaban de nuevo las espinilleras.

Siete temporadas de ritual en el Helmántico, incluido el milagro de Lillo, que desde la tercera categoría quiso ser el más joven en subir a Primera. Lo hizo hablando castellano antiguo para delicia de los programas de radio, que colaban sus postulados entre las declaraciones de guerra del Butano y De la Morena. Rodolfo fue partícipe del doble ascenso, enrolado en una banda de éxito inverosímil que aún recitan de memoria los aficionados de la extinta Unión durante los ataques de nostalgia. Era el del pelo largo, la camiseta por fuera y las medias tobilleras. Detonante insospechado de una adicción al fútbol, su pista se pierde en el Ourense. Sirva un artículo para ajustar cuentas.

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