Cuarenta años como presidente de O Parrulo

Julio Martínez fundó y sigue al frente de O Parrulo Ferrol, al que llevó a la élite del fútbol sala


Julio Martínez Martínez (Ferrol, 62 años) preside desde hace 40 años el club O Parrulo, el único representante gallego en la Primera División del fútbol sala español. Es probable que sea el dirigente, al menos de un equipo de élite, que lleva más años en el cargo de máxima responsabilidad, incluso a nivel nacional. «No lo sé, es posible que sea así, -declara Julio Martínez-, aunque en el fútbol sala yo recuerdo a José María García, que es el que manda en el Inter Movistar, de toda la vida».

Relata que llegó al fútbol sala por casualidad cuando solo tenía 22 años: «Yo trabajaba en el restaurante de mi padre, O Parrulo, y un equipo del barrio nos pidió si le esponsorizábamos la camiseta. Yo accedí y me propusieron que fuera su entrenador. Así empezó todo. Ni había jugado al fútbol sala, formamos un club, del que yo fui presidente y entrenador y mi padre fue el vicepresidente. El proyecto fue ganando crédito, les compraba buena ropa para competir y eso atrajo a buenos jugadores. Durante los diez primeros años hice de todo, presidente, entrenador, delegado o utillero. Carretaba a los jugadores de aquí para allá, los invitaba a comer, o lo que fuera, ya que no les pagaba. Poco a poco, llegó otra gente como Tomás Llao y el técnico Pablo Prieto, que lo cambiaron todo e hicieron que el club creciera con pasos de gigante. Comenzamos como una entidad humilde, parábamos a comer bocadillos en las áreas de descanso de las autopistas. No había dinero para los hoteles, se dormía en el coche. Viajábamos, jugábamos y regresábamos a Ferrol. Nada que no hicieron otros muchos clubes deportivos en España. Yo con mi mujer, Malena, y mi hijo, Alberto, que dormía en los pabellones, nos recorrimos toda España».

Recuerda que: «Un día, en 1998, abrí los ojos y estábamos en la División de Honor. Fue un sueño, nos bañamos en la fuente de la plaza de España. Nunca me olvidaré de aquel ascenso, de la respuesta de los aficionados. En el pabellón de A Malata metimos a casi 4.000 personas, había gente en las escaleras y hasta detrás de las porterías. Se quedaron 500 personas sin entrar al recinto. Fue el momento más feliz de mi vida. Recuerdo que en una entrevista me habían preguntado qué hubiera elegido, el ascenso o una estrella Michelín para mi restaurante. Dije subir, no lo calibré bien. Estuvimos cinco años en la máxima categoría y bajamos, aunque hace dos años volvimos a subir ya con Diego Ríos en el banquillo».

Un sustituto

Asegura que el tiempo le ha pasado rápido, que cuando mira hacia atrás y ve que ya van 40 años, ni él mismo se lo puede creer: «Hubo momentos en los que me he sentido cansado, desilusionado y hasta deprimido -indica- en los que busqué un reemplazo, pero no hay nadie que se anime a coger las riendas. Me da pena que O Parrulo pueda morir. No es solo el primer equipo, la historia, el amor por este club y una afición increíble (a cada partido vienen entre 2.500 y 3.000 personas), es que detrás también hay más de 300 niños y niñas jugando al fútbol sala. Me da pena abandonar todo».

Admite que en todos estos años siempre ha tenido a su lado personas que le han ayudado: «Sin ellos -indica- hubiera sido imposible. Son gente que dedica cientos, miles de horas al club, personas que como yo no han perdido la pasión por el fútbol sala. Después de 40 años sigo sufriendo y siento mariposas en el estómago antes de los partidos. No estoy por estar, lo vivo como el primer día. O Parrulo es parte de mi familia, algo que yo creé de la nada y que ahora es la casa de mucha gente».

Destaca que le gusta ganar, pero asegura que el deporte también le enseñó a perder, aunque matiza: «Las derrotas las llevo mal. Hace un par de semana perdimos en casa un partido decisivo contra el Segovia. No dormí en toda la noche. Pasaron cuarenta años y no soy capaz de controlarme. Sé que yo no voy a marcar un gol, ni parar un penalti, que son los jugadores, pero es algo superior a mí. La llama está muy viva, no se ha apagado».

«Lo que me gasté es propio de un irresponsable»

A su padre, Pepe Martínez, no hace mucho tiempo, le tocó la lotería de Navidad, un billete premiado con 400.000 euros. Cuando se le preguntó que iba a hacer con el dinero no se cortó: «Eu prometínlle un coche á miña neta. O resto é para Julito para que o queime no Parrulo».

«No sé cuánto dinero me he gastado en este club -destaca Julio Martínez- no lo tengo contabilizado. Si lo tuviese lo hubiera dejado en los primeros años. Ha sido un goteo constante, el dinero nunca llega y siempre gastas más de lo que tienes. Nunca recuperas lo que pones. Si echo cuentas, lo que me gasté es propio de un irresponsable. Si digo públicamente lo que puse, mis padres no me dejarían entrar en su casa. Dirían tú eres un loco. Puse mucho más de lo que podía. Fue algo altruista, no te metes en el club deportivo pensando en que puedes ganar dinero. Al contrario, sabes lo que va a pasar. Tú quieres lo mejor, pero las ayudas son escasas. Nos ha faltado un espónsor y más apoyo de las instituciones».

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