Se necesita una gestión adaptativa basada en fundamentos científicos


La pesca fluvial se ha transformado en una actividad recreativa con un fuerte componente conservacionista, deportivo e impulsor de actividad económica, alejada de la antigua concepción de explotación del recurso. Pero simultáneamente, nuevos problemas como la aparición de especies exóticas, la recurrencia de episodios de toxicidad en embalses, el aumento de algunas patologías, por ejemplo, y los efectos incipientes del cambio climático, se han añadido a las viejas y persistentes presiones como la contaminación, las presas o el furtivismo, reforzando la amplísima gama de impactos que las actividades humanas tienen sobre los ecosistemas de agua dulce.

La disminución de las poblaciones de peces de nuestros ríos, observable objetivamente, atiende a causas concretas y no es fruto del azar. Se trata, por lo tanto de un síntoma, en cuanto a fenómeno revelador de estas alteraciones. En 1914 Louis Roule (1861-1942) ? zoólogo francés que publicó muchos de los primeros trabajos sobre el regreso de los salmones a los ríos de nacimiento? ante la preocupación general por el descenso de las capturas y las múltiples propuestas de solución, escribía lo siguiente: «Se olvidan de lo más racional, que consiste en investigar la causa de tal disminución, luchar contra ella e impedir su acción. Conviene, por tanto, revisar el problema entero, acercar a las partes y dar una solución de conjunto». Un siglo después el sentimiento de deterioro de las condiciones de pesca, y el equivocado enfoque con que se pretendía solventar la cuestión persisten.

Nuestros gestores tienen serias dificultades para resolver los problemas relacionados con la pesca y han fracasado en el intento de justificar sus argumentos, obviando que para ser convincentes, las medidas de gestión deben ser eficaces y los efectos biológicos contrastables. La gestión no debe apoyarse únicamente en normativas coercitivas sino en sólidos diagnósticos de campo y debe ser sensible a las situaciones de cambio previstas en los ecosistemas y a las necesidades de los pescadores y de los sectores económicos de los que depende la actividad, asegurando la facultad de responder a acontecimientos imprevistos desde el concepto de una administración adaptativa.

La protección de los ecosistemas acuáticos debe ser el factor directriz indiscutible y para ello es absolutamente necesaria una base científica sólida que desempeñe un papel clarificador entre los hechos y las percepciones, tanto por parte de los pescadores como por la Administración, de manera que conjuntamente se adopten principios rectores a largo plazo, explícitos y públicos en los que se constaten claramente los objetivos de carácter ecológico, económico y social que se persiguen. Disponer de esta información constituye el factor clave para la adecuada gestión de la pesca, pero todo ello pasa por la urgente reducción de las fuentes de alteración que afectan actualmente a nuestros ríos.

Fernando Cobo es doctor de Zoología y Antropología Física de la USC, director de la estación de hidrobiología del Encoro do Con y presidente de la Asociación Galega de Investigadores da Auga.

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