Misterios del triatlón


Hace tiempo, no tanto, los triatletas de esta esquina del noroeste parecían unos jóvenes excéntricos, unos deportistas extraños e indecisos, empeñados en nadar, montar en bicicleta y correr durante la misma prueba. Y sin descanso. En los primeros mapas de este deporte, Galicia parecía estar, en más de un sentido, muy lejos de las potencias: Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda, Reino Unido... Pero fueron emergiendo David Castro, Iván Raña y Javier Gómez Noya. Un buen día, un entrenador extranjero le preguntaba a un colega español: «¿Qué demonios pasa con los gallegos?». El técnico, intrigado, se había parado a estudiar la población, el territorio, el clima, la comida... Intentaba descifrar el enigma. No es casualidad que se le haya sacado tanto jugo a las historias sobre Gómez Noya y Raña. Sí, por sus triunfos, pero también por su voluntad de mantenerle distintos pulsos a la vida.

El triatlón tiene sus secretos. Presenciar en directo una prueba bien organizada, donde los espectadores pueden hacer una carrera paralela para ver presentación, nudo y desenlace, es como disfrutar de una tarta de tres chocolates. Contener el aliento cuando los participantes van deshaciendo la maraña de la natación y ver quién es el primero en poner pie a tierra. Ver cómo las estrategias, las alianzas, los ataques y las pendientes rompen el pelotón como si fuera el gran grupo de una pequeña clásica ciclista. Y rematar con la agonía de la carrera, que vuelve a barajar las cartas. Una transición puede llegar a ser un drama. En Pontevedra, algunos recuerdan todavía el sufrimiento de Vanessa Fernandes en la Copa de Europa. Hacía demasiado frío para ser abril. La portuguesa lideraba la competición. Aparcó su bici y se dispuso a quitarse el casco. Pero sus manos estaban heladas y era incapaz de abrir el cierre de la correa. El público comenzó a gritar: «¡Métete las manos en la boca! ¡Dales tu aliento! ¡Intenta aflojar la correa!». Nada resultaba. Comenzaron a desfilar las otras triatletas, superándola. Fernandes lloraba de rabia, ya estaba derrotada. Una participante suiza pasó a su lado y liberó a la lusa disimuladamente, intentando que ningún juez viera la maniobra. Pero ya todo daba igual. La victoria se había esfumado. Cosas del triatlón.

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