La buena suerte evitó una tragedia


Solo un marciano podía desconocer el alto riesgo que conllevaban las ruinosas cubiertas de Riazor. Durante meses, durante años, se demoró una solución acorde con el uso que del estadio municipal coruñés hacen más de 20.000 personas en cada partido del Deportivo. En ese recinto se iba a celebrar ayer un encuentro de Liga mientras un (nada infrecuente) tren de borrascas sacudía nuestra costa. Solo la buena suerte, al producirse los cientos de desprendimientos en las gradas unas horas antes del partido, evitó una desgracia de enormes proporciones. Una imprudencia que apunta directamente al gobierno local, incapaz de articular una solución eficaz para un problema archiconocido. Una chapuza que convirtió ayer en desagradable noticia a un club centenario.

Las incómodas goteras venían de años atrás. Pero el problema más grave de desprendimientos continuos se aceleró durante los últimos meses. Las cubiertas ya obligaron a acordonar la temporada pasada la zona central de la grada de Pabellón Superior de Riazor en pleno partido contra el Las Palmas. Un parche aquí, otro parche allá, mucha palabrería burocrática y a esperar que el buen tiempo echase una mano. La incomodidad en las gradas y las filtraciones de lluvia eran lo de menos. Tarde o temprano habría problemas que comprometerían la seguridad de miles de personas, incluidos niños. El riesgo lo intuía desde hace meses cualquiera que viese el deterioro del estadio.

Con la urgencia que requerían las obras, Xulio Ferreiro rescindió el contrato con Dragados para iniciar de nuevo el lento -más con este gobierno local- proceso administrativo de licitación de los trabajos. ¿La solución definitiva para Riazor? Según el cálculo de varios partidos, no antes del año 2020. Hasta el temporal de ayer. Los desprendimientos en las gradas retratan una forma de hacer política demasiadas veces revisionista y dubitativa, con los ciudadanos como perjudicados. Y que ayer dio la impresión de dar paso a una sobreactuación a la hora de tomar medidas en todo el barrio. Hasta el siguiente sobresalto. Si acompaña la suerte, sin que se desencadene un drama.

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