Luis Aragonés encontró el camino de lo que se dio en llamar el tiki taka. Y parece que ese ideario ha calado, más allá de los resultados. Más que de los resultados, de las decepciones de las últimas citas mundial y continental. Lopetegui apuesta por un cambio tranquilo sin alterar la filosofía ni retocar en exceso el once inicial. Quiere ganar a partir de la posesión de balón. Y, lo más importante: cuando el equipo no lo tiene, busca la manera de jugar en campo rival, de presionar muy arriba, incluso en el área del adversario.
Italia es todo lo contrario. Puede apostar por un fútbol más directo o más combinativo, pero nunca se siente incómoda al quite, incluso con todos los jugadores por detrás de la línea del balón. Es de esos equipos que difícilmente mueren de un ataque.
Mientras los dos colectivos fueron fieles a sus estilos, el partido tuvo color rojo. Porque el combinado de Lopetegui sacó la muleta, se arrimó y obligó a los transalpinos a capear las embestidas. Más que las embestidas, los continuos acercamientos.
Lo que le faltó a España fue acierto en la suerte de entrar a matar. No estuvo fina con la espada, y ni siquiera con el descabello, después de que los italianos concediesen un gol en su único error defensivo. Duele que fuese Buffon.
Lopetegui preparó a fondo el partido, ahogó la salida de balón del rival y consiguió un control casi absoluto. Pero cuando Italia se vio obligada a asumir riesgos, a adelantar líneas y a buscar la portería más allá de esperar un error, el panorama cambió. Sobre todo con la entrada en el campo de Immobile por Pellé. Sin el balón, España se diluyó. Con el balón, el conjunto anfitrión pareció otro. Empató e incluso pudo llevarse el choque, después de una hora en la que apenas había atravesado la línea divisoria.
Ni es mal resultado para el combinado nacional ni es mala noticia que el equipo siga teniendo clara su esencia. Pero queda el punto de preocupación por el exceso de cortejo sin terminar de dar el último paso. Fue un galantear sin conquistar.