Cuatro años y cuarenta centésimas


Después de la entrega de medallas en el Aquatics Centre de Londres, Mireia Belmonte volvió a encontrar un momento para charlar con su entrenador, Fred Vergnoux, la sombra que la persigue a diario al borde de la lámina de agua. Llevaba la medalla de plata colgada del pecho y una sonrisa tan reluciente que incluso eclipsaba el brillo de sus ojos azules. «Estoy convencida de que en Río voy a ganar». Al técnico francés aquellas palabras se le quedaron grabadas en el alma. Para él era un tremendo estímulo. Es la frase con la que sueña cualquier preparador. Sentir la ambición de la persona a la que iba a tener que exprimir hasta el límite de sus fuerzas supuso una inyección de moral. Suso Morlán, la figura clave en los éxitos de David Cal, explicaba del siguiente modo esa relación tan compleja que se experimenta en las entrañas del deporte: «La gente se confunde. David y yo no somos amigos. Soy la persona que se encarga de negarle los días libres, de pedirle que haga lo que nunca ha hecho. Pasamos muchas horas juntos, nos respetamos, aunque no somos amigos».

En el camino hacia Brasil, Fred le pidió a Mireia que hiciese más volumen que nunca, no sólo en la piscina, sino con el cuerpo en seco. Se puso a levantar pesas, a boxear, a encaramarse al pico Veleta -a 3.3395 metros sobre el nivel del mar-, a refugiarse en el Centro de Alto Rendimiento de Sierra Nevada. Los dos sabían que habían iniciado una pelea contra el tiempo. Primero, porque ninguna nadadora con 25 años había conseguido antes un oro olímpico en el 200 mariposa, una prueba que encharca los músculos de ácido láctico como ninguna; y segundo, porque eran conscientes de que, para aspirar al título olímpico, debían rebajar el 2.05,25 que en la capital británica le había dado un meritorio segundo puesto.

La catalana se empleó a fondo para cumplir el plan. Durante cuatro años multiplicó su dedicación al cloro, esa sobre la que pivota su vida desde hace más de una década. Atravesó una grave lesión en sus hombros, una persistente bursitis que la apartó del Mundial de Kazán en el 2015. Y después de un brutal sacrificio consiguió robarle 40 centésimas al reloj. Ni siquiera un suspiro. Pero, para ella, su mundo.

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