Disfrutar, competir, levantarse

Paulo Alonso Lois
Paulo Alonso Lois EL TERCER TIEMPO

DEPORTES

15 jul 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Vestirse un neopreno para sumergirse en Verducido sin más sonido que el de su respiración y el chapoteo en el agua. Levantarse del sillín sobre uno de los repechos solitarios que rodean su casa de Mourente. Salir a correr sin camiseta y sentir la brisa de la primavera refrescar su pecho junto al Miño. A Javier Gómez Noya, por debajo del traje de superhéroe que se vestía para las carreras, le enamoró desde crio el deporte. El placer de las pequeñas grandes cosas. Por eso cuando no le dejaron competir por una anomalía cardíaca que sus médicos no veían incompatible con el triatlón, siguió entrenando. Corría, nadaba y pedaleaba por puro disfrute. Era duro no desafiar luego al cronómetro en campeonatos, como hacían todos los demás. Pero en realidad su esfuerzo diario representaba en sí mismo ya un fin, casi más que un medio para lograr un reto tras otro.

Luego se supo un superdotado. Y aceptó entregarse con una dedicación absoluta al entrenamiento. Porque le resultaba imposible imaginar una vida más plena. Y se convirtió en invencible. Pero nunca sacrificó su felicidad por potenciar su imagen. Accesible para colaborar con campañas de promoción de su deporte, pero renuente a convertirse en celebrity. Su paraíso estaba lejos de los focos, aunque disfrutase de la adrenalina de la máxima competición. Por ese deseo de explorar sus límites, casi se escapaba a entrenar en sus días libres. La línea que separaba el trabajo del placer se había vuelto invisible.

Con 33 años, cinco títulos mundiales, cuatro europeos e incontables temporadas como número uno mundial, Javi debía ganar el oro en Copacabana. Por sus padres, Javier y Manoli, y por todos los que lo arroparon en el ascenso a la cima. Por eso este 2016 era diferente. Y condicionó cada uno de sus días a ese único objetivo de Río. Consciente del riesgo de su apuesta: «Puedo permitírmelo por todo lo que he ganado en los últimos años».

Javi llegó a la cumbre revestido por una armadura. Protegido contra la vanidad, las falsas amistades del éxito y los altibajos de los resultados. Bajo varias de las capas que lo protegen, se encuentra el niño que corría despreocupado por el pinar de Doniños. Sin dorsales ni medallas.

Encontrará más retos para alimentar su motivación. Para elevar el triatlón en España, su ilusión para que los niños que se enfrentan al deporte de las tres pruebas no parezcan marcianos en el colegio, como le pasó a él. Y volverá a ganar. Seguro. Celebrará el Mundial de Ironman o una travesía a nado frente a su casa. Y lo hará casi de la misma forma. Relativizando los altibajos de un viaje que lo sitúa como el mejor triatleta de todos los tiempos.

Por eso cuando renunció a los Juegos de Río por una lesión fatal que heló el ánimo de todos cuantos le conocen, Javi admitió atravesar un «momento muy duro», pero regaló una frase que viene a devolver el foco a lo que realmente le interesa. A disfrutar. En soledad o en el podio. «No voy a hacer de esto un drama. Como siempre, lucharé por recuperarme lo antes posible». Por eso volverá a levantarse. Una vez más.