No es fácil firmar un ejercicio de paciencia y perseverancia como el que aplicó España para doblegar a la incomodísima República Checa.
Fue Luis Aragonés el que dijo aquello de «ganar y ganar y ganar, y volver a ganar. Eso es el fútbol». Y fue también el que acertó con el método del cambio. Lo de la furia está bien, pero la selección ha encontrado su molde, al menos en la última década, aplicando otra receta, la de tocar y tocar y tocar, y volver a tocar. Así una y otra vez, hasta encontrar algún resquicio o un golpe de inspiración. Busca y no se desespera.
Para esa puesta en escena ayuda mucho poder contar con un futbolista de la talla, el talento y el temple de Iniesta. No es el más rápido, pero pocos le ganan en velocidad de pensamiento y en clarividencia. El gol es un extraordinario remate de cabeza de Piqué. Sin embargo, el que para el tiempo y dibuja el arco perfecto con la pierna derecha, desde el vértice izquierdo del área grande, para poner el balón en el único sitio donde no podía llegar la poblada retaguardia checa, es Iniesta.
NA diferencia de campeonato precedentes, parece que esta vez no habrá debate sobre el falso nueve porque los minutos se los repartirán dos arietes, Morata y Aduriz. Uno es más de movilidad y desmarques, el otro es un jugador más de área. Pero los dos se ofrecen siempre en punta. Son matices, como la incorporación de Nolito a la banda derecha. El céltico es de los que busca el uno contra uno, un jugador diferente. Son detalles que va introduciendo Del Bosque, sin traicionar la esencia del fútbol combinativo que es el que más y mejores resultados está deparando al combinado nacional.