El Barça, del teletexto al Periscope

p. ríos BARCELONA / COLPISA

DEPORTES

LLUIS GENE | AFP

Como en la era Rijkaard, se repite la crisis de un club que no ha sabido leer las señales de autocomplacencia

19 abr 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

«Miraba cada semana el teletexto, veía que íbamos primeros y parecía que no pasaba nada. Por eso ha habido una falta de reacción». Aquella confesión de Txiki Begiristain, entonces secretario técnico del Barcelona, sigue valiendo hoy aunque hayan pasado nueve años desde que el Barça regaló la Liga 2006-07 al Real Madrid cediendo empates incomprensibles en los minutos 89 de dos de las últimas jornadas en el Camp Nou ante el Betis (1-1 de Sobis) y Espanyol (2-2 de Tamudo). Un año después, el entonces presidente, Joan Laporta, reconoció la temida «autocomplacencia». Solo hay que cambiar el teletexto, ya en desuso, por las nuevas tecnologías y se podrá comprobar que la historia se repite una vez más.

No importaba que el equipo azulgrana estuviese dando señales de soberbia y falta de humildad que nadie leía bajo la protección del tridente. Era el primero de todo y eso impedía cualquier análisis. Pero, a posteriori, con oportunismo y resultadismo, se puede afirmar que Luis Enrique tenía pistas suficientes para evitar el hundimiento que ha dejado al Barça fuera de la Liga de Campeones y que está a punto de volver a regalar una Liga en la que ha sumado uno de los últimos 12 puntos en juego.

El técnico no estaba cegado por el teletexto, pero quizás sí por el GPS que mide el rendimiento de sus jugadores, una herramienta que le sirvió la pasada temporada pero que en la presente debería haber cambiado por una simple mirada a los ojos de sus futbolistas. Tras superar los temibles meses de enero y febrero, tras el Mundial de Clubes, con eliminatorias de una exigencia física y psicológica brutal ante Espanyol y Athletic, poniendo distancia de por medio en la Liga, Luis Enrique se fijó en los datos de la máquina y decidió afrontar los últimos meses de competición con su once de gala, más o menos como hizo la pasada campaña, pero entonces había hecho más rotaciones hasta esa fecha.

Esta vez ya estaba demasiado claro que Arda Turan y Aleix Vidal, los fichajes de enero tras la sanción de la FIFA, no se habían adaptado a tiempo a un estilo muy diferente al de cualquier otro club y que Bartra, Vermaelen, Adriano, Douglas y Sandro ya no iban a contar para nada. Munir sí lo hizo antes, pero no en la fase decisiva. Con Rafinha saliendo de una lesión y Mathieu rompiéndose con Francia, los compromisos de las selecciones fueron la puntilla para el desgaste físico y anímico de una plantilla de trece: diez titulares, Sergi Roberto como única alternativa y Bravo o Ter Stegen.

Puede que Luis Enrique, pensando que la calidad de sus jugadores le iba a librar de cualquier crisis, estuviera planteando con sus decisiones un pulso a la directiva por no fichar al jugador que pidió en el mercado de invierno, Nolito, a quien ciertamente es fácil de imaginar en este último mes aportando el desborde que ha perdido el Barça.

Falta de humildad

Que siempre jugaran los mismos no inquietó porque se ganaba, como tampoco se hizo nada por parte del club para impedir los desvaríos en redes sociales, especialmente con el Periscope de Piqué, o en las declaraciones del central catalán y Alves, porque al fin y al cabo seguían ofreciendo un buen rendimiento. Pero la imagen se estaba dañando y se estaba resquebrajando el caparazón de humildad que necesita todo proyecto. No ayudó la excursión anual de Neymar al cumpleaños de su hermana en Brasil, bajo la sospecha de forzar una sanción por amarillas, retransmitida en directo baile tras baile a través de Instagram, Facebook, Twitter y lo que haga falta. Su apagón descomunal en estos momentos es de los que más daño hace a los barcelonistas: desaparecer cuando se pide más dinero para renovar no está bien visto.

Ahora que los dos porterazos de la pasada temporada, Bravo y Ter Stegen, no paran ningún balón complicado conviene recordar las inoportunas declaraciones del guardameta alemán pidiendo la titularidad, no solo en Europa, y abriendo la puerta a su marcha. Tampoco han gustado algunas reacciones de Jordi Alba, poco dado a reconocer errores graves, y, aunque no se duda de su profesionalidad, es inevitable en momentos de bajón como el de ahora recordar que Busquets también pide una mejora con la amenaza en el ambiente del interés del City de Guardiola.