A 26 centésimas de la inmortalidad

Miguel Álvarez LUGO / LA VOZ

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La medalla de plata de Misioné en los Juegos Olímpicos de Montreal

07 mar 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

El piragüismo nacional entró en una nueva dimensión en los años setenta. Y buena parte del mérito recayó en Luis Gregorio Ramos Misioné (Lugo, 1953). Palista de enorme poderío, con hambre de ser el mejor, formó junto con José Ramón Díaz-Flor, Herminio Menéndez y José María Celorrio el mejor K-4 de la historia de España. Campeones del mundo de 1975 en los 1.000 metros, su dominio fue aplastante durante muchos meses. Favoritos al triunfo en los Juegos Olímpicos de Montreal, la sorprendente embarcación de la Unión Soviética les apartó del oro por 26 centésimas. Se conformaron con una plata por la que muchos deportistas matarían. Cuarenta años después, aquel metal aún deja un poso agridulce.

La preparación para asaltar el oro de los Juegos Olímpicos de 1976 fue minuciosa. «Empezamos fuera de España, buscando sitios parecidos a lo que nos encontraríamos en Montreal», explica el palista lucense. «Nos fuimos en mayo a Nottingham y, desde allí, viajamos a las competiciones europeas», agrega.

La puesta a punto fue excelente, con un rosario de victorias que los colocó en el disparadero como máximos candidatos a la victoria en Montreal. «Había presión, porque éramos los campeones del mundo y llegamos a Canadá después de ganar todas las competiciones internacionales. Estábamos bien entrenados, en primera línea. Pensábamos que podíamos lograr el oro y ni se nos pasaba por la cabeza no regresar con una medalla», señala Misioné.

Tras las semifinales, la embarcación de la República Democrática Alemana se perfilaba como la mayor amenaza del acorazado español. «Para los países del este de Europa, el deporte era política. Era su manera de progresar dentro de la sociedad, de tener un coche o una casa. Entrenamos en países como Rumanía o Hungría y sus centros eran como campos de concentración», apunta Díaz-Flor.

El gran día

Así las cosas, llegó el gran día. El 31 de julio de 1976, el K-4 español partió en la deseada regata. «Salimos bien, íbamos en cabeza», recuerda Misioné. Pero, de repente, todo se torció. La sorprendente canoa soviética lanzó un ataque que sería definitivo. «Éramos superiores a ellos en aquellos momentos. Ni siquiera contábamos con ellos para las medallas. Pero, a cincuenta metros del final se nos metieron por delante. Al pasar la meta, no sabíamos quién había ganado, nosotros pensábamos que lo habíamos conseguido nosotros», afirma el palista lucense. Pero la foto finish dictó que el anhelado oro se había quedado a 26 centésimas de distancia.

La plata tuvo un sabor amargo. «En un primer momento, te quedas fastidiado, porque te habías entrenado cuatro años para aquello. Después, le emoción fue enorme», relata Misioné. Una opinión parecida tiene Díaz-Flor: «La sensación no fue de fracaso, pero sí de pequeña decepción. Éramos el mejor K-4».

Ya en frío, llegó el momento de los reconocimientos. Misioné asegura que estaba «deseando llegar a casa; tenía miedo de que me quitaran la medalla». Aclamados después de dar un espaldarazo inolvidable al piragüismo español (ningún K-4 se ha acercado a lo que ellos lograron), el palista lucense comenta que «éramos cuatro chavales que teníamos una calidad impresionante».

En la cola de aquel poderoso K-4 remaba Ramos Misioné. «Podía haber sido el mejor del mundo en K-1, pero, llegado el momento, se obsesionaba y, a veces, le podía la presión», rememora José Ramón Díaz-Flor.

La colección de medallas olímpicas de Misioné se completó en Moscú, en 1980, con un bronce en K-2. «Pudo haber sido mejor, pero estoy muy contento. Después de todo el sufrimiento y los entrenamientos, estoy muy satisfecho con los logros», asevera. «Yo vivía el piragüismo con tal intensidad que ya era demasiado. Solo quería conseguir éxitos y medallas. Era mi meta desde niño», apostilla un deportista de esos que ya no se fabrican.