Otra escena para la galería


Pese a su empeño, al presidente del Real Madrid no le funcionan sus operaciones cosméticas. Florentino Pérez apareció en público para maquillar una separación y desapareció de la escena dejando tras de sí un divorcio encarnizado.

Iker Casillas, la leyenda blanca, el hombre de los 19 títulos con el Madrid y la imagen de la mejor época del fútbol español, adelanta su salida del club y el presidente del señorío y la excelencia es incapaz de brindarle un generoso adiós. Dos días después de que las lágrimas del guardameta conmovieran a medio mundo, Florentino se sube al carro. Tarde y mal.

Quizá hasta Florentino haya dicho la verdad y nadie en el Real Madrid le haya pedido a Casillas que deje el club, el mismo club, por cierto, que permaneció imperturbable mientras el jugador era acusado durante los últimos meses de «topo» del vestuario, «chivato», «filtrador» o de ser un profesional que no se cuidaba ni se entrenaba bien. Nadie, tampoco Florentino, salió en su defensa, quizá porque era él mismo quien alentaba la desafección desde alguna trinchera. Tampoco lo hizo ayer, en una comparecencia que sonó a homenaje forzoso e impostado, y con el inconfundible aroma de culpar al de enfrente, de señalar a Casillas como el inductor de un divorcio que, como siempre, no pagará Florentino. Eso sí, al Real Madrid la broma -entre bajas, caprichos, indemnizaciones y fichajes- le acabará por costar unos 100 millones de euros. Menudencias de un Florentino que se ha deshecho de Casillas pero no de los casillistas.

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