Una estafa como una catedral


Durante años, denunciar que el fútbol estaba podrido fue una larga travesía por el desierto. El balón rodaba al tiempo que millones de euros viajaban de un bolsillo a otro sin mayor control que la santa gana de un presidente camuflado tras la fiesta de las gradas. Ese colorido en los estadios, el amor a los colores y la pasión desatada que se descontrola alrededor del fútbol, fue el humo perfecto que escondía lo que realmente se estaba cociendo en la corrupta cocina de este deporte.

Pero el humo se ha disipado y nos hemos encontrado un paisaje desolador. Estamos ante la quiebra colectiva del fútbol (excepción hecha de los grandes trasatlánticos). Un agujero negro que alcanzó dimensiones descomunales, con una deuda que en su pico máximo superó con creces el medio billón de pesetas. A ella se llegó al mismo tiempo que los dirigentes se hicieron de oro gracias a su habilidad para pisotear todo tipo de normas y leyes y a su bajeza moral.

Tanto el Gobierno, como la Liga y la Federación, con atribuciones y obligaciones legales de control y fiscalización de los clubes, miraron hacia otro lado. Igual que Hacienda, que permitió al mundo del balón lo que no ha permitido en su historia a un pobre trabajador con problemas para llegar a fin de mes.

Hasta los propios futbolistas no se escapan de su responsabilidad. Han participado de compra y venta de partidos tanto como sus dirigentes. Y si sabían algo, callaban. A los jugadores solo les ha preocupado una cosa: cobrar. Algo normal mientras todo siga el cauce de la ley. Algo sucio cuando se participa de lo que o bien es un delito, o bien un engaño o bien una inmoralidad.

Lo último, ha sido la imputación de Sergio García, Puñal, Figueras, Amaya y Molina. El tiempo dirá si acabarán condenados o libres, pero ya nadie duda de que en España se han pactado resultados. Uno puede no creerse la contabilidad, dudar sobre qué se hace con el dinero. Pero si no podemos creernos lo que sucede en el verde, todo carece ya de sentido.

Nadie se salva, porque fueron numerosos quienes a sabiendas callaron y jalearon a auténticos delincuentes cual si fueran genios de la gestión.

Ruina económica, ruina moral, violencia física y verbal, amaños de partidos, chanchullos... Así dejaron el fútbol. Así se les consintió que lo dejaran. Dicen que ahora vivimos tiempo de regeneración. Pero la realidad es que todavía hay un buen número de rostros del pasado que siguen marcando pautas en el presente. No habrá regeneración mientras sigan en el fútbol los protagonistas de lo que fue una tan vergonzosa como grandísima estafa. Una estafa como una catedral.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
1 votos
Tags

Una estafa como una catedral