ALuis Enrique le pierden las formas y el fondo. Y los resultados.
En el curso de entrenadores Lucho debió saltarse el capítulo de la gestión de las crisis y de los egos. Le ha pasado en los tres vestuarios profesionales que ha tenido a su cargo, pero además, en Barcelona, la dimensión del club, lo ha magnificado todo.
Luis Enrique vive con sus miedos y sus fobias, aunque la valentía vaya por delante. Sus miedos a que algo se le escape del control y sus fobias dirigidas especialmente hacia los medios de comunicación. Hasta en Vigo, en un club de corte familiar como el Celta, cultivó el odio cuando desde el primer día solo se encontró una alfombra roja a sus pies. Le pierde la arrogancia y el creerse el inventor del fútbol. Y el ego. «Yo no he sido un buen futbolista, sino muy bueno», matizó en una de sus comparecencias de prensa. Un reflejo de su personalidad a pequeña escala.
A este lado del Atlántico no tuvo problemas de vestuario porque el macho alfa era el líder absoluto de la manada, pero en la Roma ya había tenido algún desencuentro, aunque ahora se considera amigo del alma de Totti. Y en Barcelona no ha sabido gestionar semejante cantidad de egos. Demasiadas estrellas para dar rienda suelta a su política de rotaciones e inventos varios sobre el terreno de juego.
Además, no ha medido bien un aspecto capital para el Barcelona, el tiempo. Con el Celta tuvo margen de maniobra, nadie se le echó encima por los pésimos resultados de la primera vuelta, pero en el Camp Nou solo vale ganar, la espera no existe. Por eso su tiempo parece que se acaba.
Lo peor, es que más allá del Barça, Lucho seguirá igual. Su cerebro no entiende de lecciones ni de cambios. Porque de poco valió que Joaquín Valdés, su amado psicólogo de cabecera, le repasase sus vídeos de las conferencias de prensa en Vigo. En Barcelona actuó igual, sin pizca de mano izquierda.