Fútbol, sí; violencia, no

«Esos nenos descamisados que recorren los campos de España», como los llamaba Arsenio Iglesias, sacaron los dientes


La Voz

Hace unos meses, cuando el Dépor luchaba por regresar a Primera División, un grupo de violentos vestidos con camisetas del club coruñés arrasaron un restaurante donde comían aficionados del Zaragoza antes del partido que se iba a jugar en Riazor. Era solo un cafrada más que permitía adivinar que cualquier día la sangre llegaría al río. Y la profecía se cumplió, tristemente, al pie de la letra. Había sucedido ya diez años antes en Santiago, aquel día en que «esos nenos descamisados que recorren todos los campos de España», como los había llamado en una ocasión Arsenio Iglesias, sacaron los dientes que les habían ido creciendo sin que muchos nos hubiésemos dado cuenta. Pero en esta nueva trifulca post-superdepor con los radicales maños estaba Jimmy, el miembro de los Blues que murió el pasado domingo en Madrid. La policía y la Comisión Nacional Antiviolencia lo tenían fichado por aquella pelea y Jimmy desapareció del campo durante un tiempo. Unas semanas más tarde, cuando su equipo celebraba finalmente el ascenso, las cámaras de televisión recogían la imagen del aficionado celebrando eufórico el éxito, de nuevo en las gradas de Maratón.

La anécdota, por llamarla de algún modo, muestra la falta de control que socava la lucha contra la violencia que se refugia en el fútbol español. Una tarea nada barata, por otro lado; más de siete millones de euros (sin contar con el gasto de la seguridad privada que sufragan los clubes) salen anualmente de las arcas del Estado para pagar la protección policial que necesita este espectáculo de pago que cobra por la retransmisión televisiva de sus partidos. Hasta doscientos agentes son movilizados en los partidos en que participa uno de los grandes clubes de la competición.

Actualmente, los aficionados de a pie son sometidos a cacheos al entrar al campo, se les impide acceder con una simple botella de agua con el tapón puesto, en los ambigús no pueden disfrutar ni de una cerveza con alcohol (mientras en los bares de alrededor sirven jarras de dos litros para que los más sedientos lleguen satisfechos al campo) pero en muchos estadios los violentos que deberían estar totalmente controlados siguen accediendo a la grada. Y, lo que es peor, tomando las calles antes y después de los partidos. Haciendo pintadas amenazantes contra los jugadores si los resultados no acompañaban, agrediéndolos en ocasiones, destrozando las sillas de plástico de los estadios que visitan, encendiendo bengalas en los entrenamientos para mostrar su apoyo al equipo y hasta convirtiéndose en matones de los intereses de algunos presidentes y sus allegados. Porque, lejos de recibir la condena de los clubes a los que dicen representar, algunos de sus miembros, en ocasiones, han recibido palmadas en el hombro de las directivas: en la ya desaparecida revista que los accionistas del Deportivo recibían en sus casas, durante la gestión de Augusto César Lendoiro, se publicaban entrevistas a alguno de los miembros de los Riazor Blues de los que se tenía constancia policial de que habían participado en altercados públicos relacionados con el fútbol. Incluso Lendoiro se fotografió recibiendo una placa rodeado de varios de estos radicales el día de su despedida como presidente. Otra foto, esta semana, le ha costado su destitución como embajador de la Liga.

En el caso del Deportivo, después de la muerte de aficionado Manuel Ríos en el 2003 frente a las puertas de San Lázaro, se había producido un evidente relax en el control de este grupo, al que paulatinamente se había reincorporado la sección Los Suaves, que aglutina a los personajes más veteranos y violentos de la afición ultra del club coruñés, al abrigo del paraguas que la simpatía de los Riazor Blues (ocurrentes pancartas, acciones solidarias, ánimo que no desfallece durante los noventa minutos) destila de puertas hacia fuera. Graves incidentes en Sevilla, con heridos de uno y otro bando, y en las cercanías de Riazor, con las visitas del Sporting de Gijón y el Valencia son solo algunas de las escaramuzas que se recuerdan. La pelea multitudinaria y totalmente organizada del pasado domingo a orillas del Manzanares tiene todo el aspecto de haber dado el portazo definitivo a las andanzas de los grupos ultra que pululan alrededor de los campos de fútbol en España. Aunque Real Madrid y Barcelona ya les habían echado el candado, expulsando del campo a los Ultra Sur y a los Boixos Nois, y ahora el Atlético y el Dépor siguen el mismo camino, las medidas que se han tomado en otros países de Europa, especialmente Inglaterra, Alemania, Italia y Francia, pueden servir de hoja de ruta para acabar con un problema que allí sufrieron con alta intensidad. Las multas anunciadas esta semana por distintos actos de violencia y las amenazas a los clubes que amparen a los ultras, junto a la destitución de Lendoiro como embajador de la Liga, son solo el primer paso.

Veto judicial

En Inglaterra, los aficionados radicales pueden ser vetados judicialmente para acceder a los estadios, durante un período de entre tres y diez años. Las fuerzas policiales, además, disponen de un grupo especial que vigila a los ultras: los acompañan a los partidos y se aseguran de que no entran al estadio los que están vetados. Casi 2.500 aficionados británicos están en la lista negra. Los que pueden entrar lo hacen pasando por delante de cámaras de seguridad y acceden a zonas especiales de la grada. En Alemania, desde 1992 existe un registro central que recoge nombres y datos de personas que han llamado la atención por actos violentos relacionados con el fútbol. Ese registro le permite a la policía mantener a esas personas alejadas de los estadios. En Italia, la principal singularidad es el llamado carné de aficionado, una especie de DNI obligatorio para seguir los partidos fuera de casa y que solo pueden conseguir quienes no hayan sido condenados por algún delito relacionado con el fútbol. Además, las entradas se adquieren a título personal para facilitar la identificación en casos de altercados. En Francia, el Gobierno endureció recientemente la legislación e introdujo la posibilidad de impedir que viajen aficionados de una ciudad a otra, algo que se aplica solo a ciertos partidos. De lo contrario, la policía acordona a los aficionados del equipo visitante y evita que entren en contacto con los locales.

Es el turno de España.

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