El pívot de España, hijo de dos baloncestistas y el mayor de 22 hermanos, superó penurias y una guerra civil en el Congo hasta convertirse en una estrella
09 sep 2014 . Actualizado a las 17:35 h.Tiene un físico de laboratorio. Alto, fuerte, coordinado... Parece la obra maestra de una de esas universidades americanas que forjan superatletas. Y nada más lejos de la realidad. Serge Ibaka (Brazzaville, 1989) es un guerrero en la pista porque antes lo fue en la vida. Su integración en la España de los Gasol y compañía es absoluta. Su entrega sobre el parqué y su innata capacidad para el espectáculo lo han convertido en uno de los favoritos de la afición española.
El pívot de los Oklahoma Thunder vive hoy días de vino y rosas. Éxito, fama, dinero... Pero no siempre fue así. Ni mucho menos. El camino hasta llegar a donde está fue duro. Muy duro. Criarse en la capital de la República del Congo en los años noventa era garantía de penurias. A la pobreza y alta mortalidad que sacudían el país le sobrevino una guerra civil que desangró la nación y obligó a la familia Ibaka a emigrar. Un escenario tormentoso.
En esas condiciones, el sueño de Serge era casi una utopía: llegar a ser alguien en el mundo del baloncesto. El deseo le venía de sus padres, ambos jugadores internacionales; él, Desireé, con el Congo, y ella, Amadou Djonja, con la República Democrática.
Criado en una familia humilde y con 22 hermanos menores, Ibaka vivió una infancia complicada. Su padre era el encargado del puerto que une los dos Congos, la beach de Ngobila, donde antes ya había trabajado el abuelo del jugador español. Desireé fue encarcelado un año por un problema político. Durante aquellos meses, sus hijos no tuvieron noticias de él. Ni siquiera sabían si estaba vivo o muerto. Otra prueba de madurez para el mayor de los hermanos.
En Brazzaville, la escasez de medios para la práctica del baloncesto era acuciante. No había apenas canchas, pero tampoco productos tan prosaicos en el básket occidental como balones, zapatillas... Cuenta el propio Serge, que el primer entrenador que le enseñó la mecánica de tiro en Ouenzé, su barrio, lo hizo con una lata.
Minucias, en cualquier caso, a la vista de la fortaleza de su carácter. Las carencias materiales no iban a poder con el empeño del jugador. Durante su adolescencia, el pívot se machacó como una bestia. Un día sí y otro también, acudía a eso de las seis de la mañana a una empinada zona de Brazzaville a hacer cuestas. Estaba sentando las bases de una ética de trabajo que años después le procuraría muchos éxitos.
En el aspecto técnico, Serge recibió la ayuda de su padre y de Maxime Mbochi, ex jugador y seleccionador nacional congoleño, una figura clave en la formación de los jóvenes baloncestistas del país. Ibaka se alistó en las filas del Avenir du Rair, el club que entrenaba Mbochi y en el que había jugado su progenitor. Y empezó a llamar la atención.
La explosión
Anicet Lavodrama, que por aquel entonces trabajaba en You First Sports, había oído hablar del joven Ibaka: de su talento físico, de su agresividad en la cancha, de su ambición... Conocía a su padre, pues había jugado contra él en campeonatos africanos, y lo reclutó. De la mano del ex del OAR y de su actual agente, Pere Gallego, de You First Sports, aterrizó en Hospitalet. Antes había pasado unos meses en un club francés, pero fue en Cataluña donde explotó. LEB Oro, ACB con Manresa... Y la NBA con los Thunder. El sueño de aquel fornido chico congoleño era ya una realidad.