Tocar y tocar y tocar, y volver a tocar


Tanto tiempo apelando a la furia y resulta que la fórmula del éxito estaba en el otro extremo, en la hipnosis. No se trataba tanto de correr detrás del balón y el rival cuanto de invertir la ecuación. El ideólogo que le dio la vuelta a la tortilla y se atrevió a desafiar la tradición fue Luis Aragonés. Y Vicente del Bosque ha seguido el camino, sin tocar la esencia pero dejando su sello en algunos matices. Así llegaron dos eurocopas y un mundial. Y como la selección consiga estirar el ciclo, firmará ocho años de récord, porque nadie ha logrado encadenar una racha semejante hasta la fecha.

En estas grandes citas, a menudo el éxito se ventila en pequeños detalles: un día extraño como el que tuvo España ante Suiza en el arranque en Sudáfrica, una parada como la de Casillas a Robben, una tanda de penaltis, un gol como el de Villa a Paraguay que entra después de tocar en los dos palos, una lesión, un arbitraje...

Todas ellas son son escenas que se cuelan en el guion y nadie puede controlar. Pero lo que sí se conoce de antemano es la partitura que interpretará la selección, la de tocar y tocar y tocar, y volver a tocar... Así ha conseguido ganar y ganar y ganar, y volver a ganar. Y perseverará.

A Beckenbauer probablemente le parezca exasperante. Pero algo semejante le debe suceder a los rivales, que se van entregando a la hipnosis y, de repente, reciben un aguijonazo. España esconde, distrae, amaga, vuelve a empezar, no tiene prisa... Y cuando encuentra una vía de agua cerca del área rival, inyecta todo su veneno.

Esa es la propuesta de partida. No la única. Porque lo mismo puebla la línea de centrocampistas que alinea dos extremos; o juega sin una referencia fija en el área, con un nueve como Diego Costa capaz de fajarse en el cuerpo a cuerpo, uno como Torres que interpreta como pocos los movimientos sin balón, o un Villa para reforzar la sociedades. España toca, pero no es monocorde.

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Tocar y tocar y tocar, y volver a tocar