«¡Ole, ole, ole,... Cholo Simeone!»

El carácter y la determinación del argentino han impulsado al Atlético desde el caos hasta el cielo


redacción / La VOz

EDos días antes de la Navidad del 2011, Diego Pablo El Cholo Simeone confirmaba su regreso al club donde había triunfado en el Viejo Continente como jugador. En esta ocasión, atravesaba el charco para hacerse cargo de un vestuario que, diseñado para poder participar en la Champions, transitaba en la Liga a cuatro puntos del descenso y había sido eliminado de la Copa del Rey por el Albacete, un Segunda B. Gregorio Manzano, sustituto de Quique Sánchez Flores, a quien ni siquiera ganar la Europa League y la Supercopa de Europa le había servido para entrar en el corazón de la afición rojiblanca, había durado apenas seis meses en su segunda etapa a orillas del Manzanares.

Con Simeone, el Atlético buscaba identidad, autoridad y autoestima. Dos años y medio después de aquella llamada de socorro a Argentina y con tres nuevos títulos en la sala de vitrinas del Calderón (Europa League 2011-2012, Supercopa de Europa y Copa del Rey 2012-2013), el Pupas ha tocado el cielo. Disputará la final de la Champions en Lisboa tras eliminar brillantemente al Chelsea de Mourinho y está a punto de conquistar la Liga. Por eso el miércoles por la noche, al término de un partido excitante, cuando los seguidores ingleses se batían en retirada, un cántico retumbaba en Stamford Bridge: «¡Ole, Ole, Ole, ... Cholo Simeone!».

Partido a partido

Un dogma de fe para el técnico . El gran mérito del preparador que ganó para River Plate su último clausura es que cuando aterrizó en Madrid disponía de una plantilla prácticamente idéntica a la que ha logrado auparse hasta el peldaño más alto de la Champions. Si cabe, aquella incluso era superior, pues contaba con Forlán y Radamel Falcao. Él la recogió del fango y la empezó a desenterrar con una filosofía tan simple como efectiva: focalizar todas las energías en el siguiente partido. Cada choque entendido como una reválida, disputado al máximo de las posibilidades. Así avanzó desde el fondo de la clasificación hasta el quinto puesto. Y de esta forma despojó a los jugadores rojiblancos de sus camisetas y los comenzó a enfundar en un mono de trabajo del que, hasta el momento, no se han vuelto a despegar.

Comunión con la grada

Una leyenda del pasado . Lo reconoció poco después de empezar a entrenar en el Cerro del Espino. Sabía que al aceptar este desafío contaba con un crédito del que pocos podrían disponer: el respeto de la grada. Su figura no era una cualquiera, era un nexo emocional con el doblete del 96 y, para muchos, un guardián de los valores que enamoran al Calderón. Humildad, sacrificio y competitividad. Exactamente lo que había sido a ras de césped y lo que también guardaban en la memoria las bancadas que emergen sobre la M-30, la famosa autovía de circunvalación de la capital de España. «Era consciente de que tendría, al menos, un momento de tranquilidad», se sinceró.

Figura en el vestuario

La gestión impecable del ídolo. Por la misma razón, su capacidad de influenciar, de transmitir sus ideas, a los jóvenes talentos de la casa como Gabi, Koke o Mario Suárez era sobresaliente. De hecho, los dos primeros se encuentran en los escalones más altos de la clasificación de los jugadores que más kilómetros hacen por partido. Pero su gestión del vestuario ha ido mucho más allá. Ha sabido hacer importante a cada una de sus piezas, incluso las que parecían desahuciadas. Se marchó Falcao y reinventó a Diego Costa. Le faltó Villa y tiró de Raúl García. Y a Adrián le dio un protagonismo impensable a principio de esta campaña. Al asturiano le tocó en Londres devolver el afecto de un entrenador que siempre le pidió que no bajase los brazos, porque aparecería su momento.

Los éxitos tempranos

Del estímulo a la realidad . Pero nada de lo que hoy es Simeone se entendería sin que el revolcón que implementó en el Atlético de Madrid culminase con éxitos notables y en un espacio corto de tiempo. Evidentemente la fórmula se retroalimenta: sin Simeone probablemente la gloria tampoco habría existido. Sin embargo, en ocasiones, una gran obra no se culmina, no resplandece, por pequeños detalles. No fue el caso del de Buenos Aires. Una Europa League desarbolando al Athletic de Bielsa cinco meses después de hacerse cargo del equipo; y un año más tarde, la Copa del Rey al vecino rico en el Bernabéu. Volver a tumbar al Madrid ya nadie lo vería como un milagro. Ese ya es su legado.

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