Cualquiera que haga un perfil de Luis Aragonés podrá adornarlo con mil cualidades, también con alguna de esas que computan más en el debe que en el haber, porque no parecía tener un carácter sencillo. Pero nadie le discutirá su intuición para descifrar el fútbol y a los futbolistas. Y nadie pondrá en cuestión que fue el ideólogo del cambio de la furia al tiki taka. Como saltar de un acorazado para subirse a un velero. Cuando llegó a la selección, lo primero que hizo fue combatir el desapego de la afición. Empezó a hablar de la Roja y a proponer un debate al que llamó «una gran sentada». Después llegó lo de los pasillos de seguridad y que había desventaja en la condición física de base. En el Mundial de Alemania la historia de España fue la de siempre. Pero le valió a Luis Aragonés para reafirmarse en su diagnóstico y doblar la apuesta por el toque, incluso a costa de dejar a un lado a un Raúl que parecía intocable. En la Eurocopa de Suiza y Austria consiguió que el velero volase con un fútbol nunca visto y se llevase el título.
Torres recordaba un día una anécdota reveladora de como era Aragonés. En la charla previa a la final, hablaba de un tal Wallace que nadie conocía. Hasta que le preguntaron. Se estaba refiriendo a Ballack. Ya en el túnel del vestuario, al pasar al lado del alemán le dijo algo así como «¡Qué, Wallace!», El germano no entendía nada, y los españoles no pudieron reprimir la sonrisa. Fue como sacudirse la presión sin darse cuenta. Esos códigos los conocía Aragonés mejor que nadie.