Un salvavidas para el cerebro

Investigadores de Florida diseñan un casco para frenar los traumatismos en el fútbol americano


Redacción / La Voz

«Estuvo siete días en coma, conectado a unas máquinas que lo mantenían con vida; no pudo hablar durante nueve meses; después de 13, pudo mover su brazo izquierdo un poco; le llevó dos años poder comer sin el tubo que lo alimentaba y cuatro años hasta que pudo mover su pierna derecha por sus propios medios». Victor Lystedt relata parte del calvario que vivió su hijo Zack, jugador de fútbol americano en el equipo del Tahoma High School, un instituto del estado de Washington, tras sufrir un potente golpe en la cabeza durante un partido cuando tenía 14 años. Era el año 2006 y el caso conmocionó al país más poderoso del mundo, donde alrededor de 60.000 adolescentes padecen traumatismos craneoencefálicos al practicar uno de sus deportes predilectos, al imitar y tratar de seguir los pasos de las estrellas de la NFL (National Football League).

Pero los profesionales, con un cuerpo más formado para resistir los impactos de los jugadores contrarios, tampoco se libran de las consecuencias de una disciplina donde priman la carrera y el choque. De hecho, en agosto del 2013, la NFL alcanzó un acuerdo por el que abonaba 765 millones de dólares (559 de euros) a 4.500 exjugadores en concepto de compensación por las «lesiones cerebrales» sufridas por los fallos de las protecciones que llevaron puestas durante años. El casco perfecto semeja el santo grial para el fútbol americano. La industria asociada a esa máquina de generar dinero que es el juego del balón ovalado lo ha buscado sin descanso desde los años 20. Constantes evoluciones que han bajado notablemente la media anual de traumatismos de cada jugador en hasta siete puntos.

Desde esta semana, sin embargo, su incidencia podría quedar en algo residual. Un grupo de trabajo de la Universidad de Florida, dirigido por el profesor de Mecánica Aeroespacial Ghatu Subhash, ha anunciado el descubrimiento de un sistema revolucionario para acabar con este problema. El ingenio, enfocado a variar el interior del casco, consta de unos dispositivos rellenos de agua, oxígeno y geles, que disipan la energía de los golpes.

Dos zonas en cada celda

Cada celda de protección está formada por dos zonas: una que dispone de agua y aire y otra, la que está rellena de fluidos en forma de geles, hacia la que se escapan los componentes de la primera de manera pausada y controlada en el instante de recibir toda la fuerza de las bruscas aceleraciones.

«Actualmente, la mayor parte de los cascos están diseñados para el impacto directo, mientras que nuestra propuesta es un casco que tiene en cuenta también el impacto y la fuerza de rotación», señala el padre del invento, que persigue evitar que se continúen triturando cerebros en las 120 yardas de largo y 53,5 de ancho que trazan un campo de fútbol americano.

«Un golpe frontal impulsa la cabeza directamente hacia atrás; sin embargo, los cascos de hoy, redondos, provocan que en ese impacto se genere un movimiento rotatorio, responsable del 40 por ciento de las lesiones craneoencefálicas», comenta Ghatu Subhash, quien agrega: «La fuerza rotacional puede ser grave incluso si el impacto es lento».

Asimismo, Subhash explica las especificaciones técnicas del revolucionario casco que acaba de presentar: «Una de las capas acolchadas utiliza fluidos newtonianos (agua y aire) y la otra, diferentes tipos de fluidos en forma de geles. Las capas de los diversos fluidos reducen el impacto en la cabeza. En concreto, las dos capas de fluidos absorben y distribuyen la energía. Mientras una de las capas experimenta el impacto y se comprime, el fluido del interior se expande a través de un conducto conectado que neutraliza el impacto. En ese sentido, no importa el ángulo del impacto, ya que el casco automáticamente protege cualquier parte de la cabeza».

Un proyecto en el laboratorio

Por el momento, la tecnología ha sido probada en los laboratorios de la Universidad de Florida, donde, según sus impulsores, ha obtenido resultados ilusionantes. Sin embargo, todavía le queda el examen final, el que se supera sobre la hierba. En el lugar donde más de 1,7 millones de norteamericanos se encuentran cada año con lesiones relacionadas con este tipo de golpes. El punto donde un día hace casi ocho años Zackery Lystedt comenzó su inspiradora lucha por la vida. La misma que dio paso a una ley que lleva su nombre, que vela por la seguridad y la salud de los jóvenes deportistas estadounidenses y que aportó algo de sentido a su trágico accidente.

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