La convivencia de miles de deportistas en la villa olímpica, con normas más laxas que en otras concentraciones, hace de los Juegos un lugar propicio para las relaciones entre atletas que terminaron su participación. Barcelona 1992, cuando se agotaron miles de preservativos distribuidos por la organización entre los deportistas, marcó un nuevo tiempo. Antes, varios equipos prohibían la actividad sexual durante las concentraciones. Lo hizo Berti Vogts como seleccionador alemán en el Mundial de fútbol de 1994. Y el ciclista Zenon Jaskula, tercero en el Tour de 1993, también aseguró que se imponía la abstinencia tres semanas antes de una gran vuelta. El velocista Linford Christie decía que el coito la víspera de una carrera aletargaba sus piernas. Ahí entra en juego otra clave: la sugestión. Cuando la creencia de que el sexo daña el rendimiento era generalizada, podía acabar haciéndolo a nivel mental, aunque no fuese una evidencia física.
Richard Møller Nielsen llevó a Dinamarca al título de la Eurocopa de fútbol 1992 pese a que repescó a los jugadores de vacaciones para ocupar de urgencia la plaza de Yugoslavia, ecluida a última hora por la guerra de los Balcanes. Quizá por eso desmitifica también el efecto del sexo en el rendimiento: «El amor es bueno para los jugadores siempre que no se haga en el descanso de los partidos».