El atleta criador de caballos

Aprendiz de ganadero en su día, el maratoniano cuida a seis corceles


redacción / la voz

El atletismo no da para hacerse rico, pero los primeros ingresos fueron la puerta de entrada de Pedro Nimo en el mundo de la equitación. El atleta compostelano es un loco de los caballos, especialmente de los de pura raza española. En la actualidad tiene seis, con dos yeguas embarazadas, en una finca prestada por una tía en el casco urbano de Santiago después de que la suya fuera expropiada (aún pendiente de cobro). En su día llegó a tener a su cargo a una veintena de corceles. Entonces era aprendiz de ganadero. Hoy ejerce de criador de caballos.

«Mi abuelo vivía en una aldea y tenía ganado. Yo siempre tuve la ilusión de criar mis propios caballos, pero hasta que tuve cierta independencia económica era imposible. Llegó gracias al atletismo». Recuerda que su primera potra, Fara, le costó un millón de las antiguas pesetas.

Desde el principio siempre ha apostado por la raza pura española, «porque por morfología y temperamento el caballo español me gusta mucho. Me siento bastante identificado con él». Tanto, que son ellos los que le imparten lecciones. «Me enseñaron a ser paciente. Con ellos, si quieres hacer algo rápido, se aturullan y es imposible», señala. También le enseñaron «a no dejarse fiar por las apariencias, porque a ellos les da igual que vayas vestido de Armani o de mercadillo, ellos lo que quieren son mimos».

A esos arrumacos dedica el maratoniano una parte del día. A darles de comer, a que tengan agua fresca y una cama limpia. «Voy siempre a primera hora de la mañana y además de darles de comer veo como durmieron, porque la cama da mucha información», puntualiza. Al mediodía realiza otra «visita de médico» (los caballos están sueltos por la finca) y por la noche regresa para cerrar a los dos machos. Las cuatro yeguas tienen su propio cobertizo y campan a sus anchas por todo el recinto.

Las atenciones veterinarias, las vitaminas, los suplementos y la limpieza a fondo de las cuadras completan una faena que no entiende de festivos ni de días de competición.

Todo, sin ningún objetivo económico de por medio. Los caballos son para Nimo un refugio. En la finca se olvida del teléfono móvil y de los problemas. Allí el tiempo corre de otra forma. «Antes [cuando se dedicó de un modo profesional a la ganadería] había que venderlos, ahora los crío y los disfruto», por eso se considera por encima de todo un educador de caballos que ya ha conseguido premios en más de un concurso. Ellos le guían en el asfalto.

la otra cara de pedro nimo

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