El fútbol sigue feliz en su caverna normativa. Cuando nació la Copa del Mundo en 1930, la televisión no había llegado aún a los hogares. En cambio, el viernes por la noche, cuando el árbitro concedió al Bayer Leverkusen un gol ilegal que se coló en la portería por un agujero en la red, en el propio estadio se pudo comprobar al instante la chapuza a través de los móviles del público. ¿Se vale de la tecnología el arbitraje? En nada. Y no lo hace por falta de medios ni de dinero. En los despachos se ondea la bandera de un romanticismo mal entendido, que sirve para alentar polémicas y para consentir trampas. La situación, kafkiana, regala la patética imagen de Stefan Kiessling, que primero se lleva las manos a la cabeza para lamentar su error y luego celebra tímidamente el gol con sus compañeros. ¡Viva la deportividad!
Casi medio siglo después del polémico gol de Geofrey Hurst que dio a Inglaterra la Copa del Mundo de 1966, la International Board sigue silbando. Kiessling marcó a través de un agujero el 2-0 provisional de un partido que el Leverkusen terminó ganando al Hoffenheim por 2-1. El derrotado ya pidió la repetición del partido y la federación alemana avanzó que consultará a la FIFA, consciente de su inmovilismo en este tema, como quien pregunta: «¿A que no se puede corregir el error?».
Si de algo está sobrado el fútbol es de parones absurdos y picarescas. La tecnología y el público están maduros para admitir alguna pausa puntual para revisar imágenes. El tenis y el baloncesto lo hacen con toda normalidad, y el cambio hasta añadió un nuevo elemento que forma parte del espectáculo. ¿Innovación? ¡Que inventen ellos!