Estrenarse en Riazor (en Segunda) no lleva implícito que el acto le resulte favorable. Hoy regresa el Mirandés a un campo que no visitaba desde hace más de tres décadas, dato que no es fácil que repita otro rival esta temporada.
Primer partido de octubre, mes que irá acercando al deportivismo a la fecha de celebración de una asamblea en donde se decidirá quien regirá los destinos del club coruñés, ahora metido en arenas movedizas según expresión popular que se aplica al que va pisando inseguro, enterrándose más y más a medida que avanza el tiempo. Un tiempo que no corre, sino que vuela aproximándonos a esa asamblea que aporte la luz necesaria para conocer mejor el oscuro panorama en el que está envuelto el equipo blanquiazul. No confundir el equipo de futbolistas profesionales con el grupo de dirigentes, aunque en este último el profesionalismo tampoco resulta novedad.
El Deportivo debe ganar al Mirandés. Es lo que espera el aficionado coruñés porque el permanente temor de que así no sea no tiene -o no deberá tener- calado suficiente para inclinar el marcador del lado adverso. La confianza en ganar al visitante es más que razonable, no se debe a las declaraciones del técnico del Mirandés que ayer, en La Voz de Galicia, vaticinó que el Deportivo irá mejorando hasta colocarse en el tramo final del ascenso.