Adiós con el corazón

El Athletic despide San Mamés con una injusta derrota ante el Levante en un partido teñido por las emociones de la hinchada rojiblanca


Había algo extraño en el ambiente. Era una sensación nueva e irrepetible de emoción y nostalgia anticipada. El Athletic jugaba su último partido oficial en San Mamés y la memoria de cien años flotaba como un nube sobre el estadio rojiblanco, lleno para una ocasión única. Los aficionados ocuparon sus asientos con más antelación que de costumbre y no se trataba de que el duelo ante el Levante les emocionara especialmente. Al fin y al cabo, aparte de la honra, su equipo sólo se jugaba la posibilidad de dar vida a una complejísima carambola que le podría llevar a la Liga Europa por extraños vericuetos. Lo importante, por supuesto, estaba en otro lado, en la mirada de cada uno de ellos al escenario en el que se encontraban, un lugar íntimo que cobraba un nuevo significado, casi sagrado. Uno juraría que vio a viejos hinchas que han visto naves ardiendo más allá de Orión en las gradas de La Catedral deambulando por el estadio con los ojos muy abiertos, como si todo fuera nuevo de repente y cada cosa y cada acto adquirieran una trascendencia tan acusada que más de uno se acabó guardando el papel de aluminio del bocadillo convencido de que era una reliquia.

En medio de este ambiente tan emotivo, que volverá a repetirse el próximo 5 de junio, cuando la despedida de San Mamés ya sea la definitiva, la del pañuelo en el andén, el viejo estadio rojiblanco tuvo un triste adiós en el plano deportivo. Si las despedidas a la Copa y a las competiciones europeas no pudieron ser más decepcionantes, tocó algo parecido con la Liga. En este caso, una inmerecida derrota ante el Levante, que acuchilló al equipo de Bielsa en el descuento, cuando estaba volcado en busca de un gol que tuvo muy cerca pero nunca llegó. El dolor del 0-1, pese a todo, tardó poco en encajarse. En realidad, unos pocos minutos, hasta que todos los jugadores de todas las categorías del Athletic salieron al césped de San Mamés y se produjo una ovación inolvidable, cien segundos de aplausos que volvieron a demostrar, una vez más, la comunión inigualable entre este club y su afición.

El partido tuvo el aire que se esperaba. Con la excepción del inesperado resultado, por supuesto. Incluso el plebiscito sobre Marcelo Bielsa se desarrolló conforme a lo previsto, con varias muestras de apoyo al rosarino, siempre nacidas desde los fondos. En lo que respecta al juego, el Athletic se hizo pronto con el control ante un Levante metido atrás y dispuesto a jugar sus bazas a la contra. Nada que no estuviera en casi todos los guiones, vaya. En este tipo de partidos, el equipo de Bielsa suele tener un duro examen consigo mismo. La asignatura que debe aprobar, por supuesto, no es otra que lograr la profundidad necesaria y, a ser posible, intentar terminar con éxito un porcentaje, aunque sea pequeño, de su producción.

Se puede decir que lo primero lo consiguió. A lo largo de la primera parte, los rojiblancos llegaron bien posicionados al área del Levante al menos en una docena de ocasiones. Lo de dar una buena rúbrica a las jugadas, sin embargo, ya fue otra cosa. Un martirio. Volvieron a sucederse los malos centros, los disparos defectuosos salvo un par de ellos bien desviados por Navas y las pérdidas por apresuramientos o por rizar demasiado el rizo con combinaciones complicadísimas.

El caso es que el partido llegó al descanso sin goles y, paradojas del fútbol, con la mejor ocasión a cargo del Levante. Fue a los diez minutos, en una absurda pérdida de balón de Herrera que terminó obligando a Iraizoz a lucirse tras un chutazo de Ríos que acabó en el larguero. De manera que San Mamés sufrió de nuevo el deja vú del desperdicio.

Todo el buen hacer de su equipo, con un Gurpegui impecable e Iturraspe al mando de las operaciones, quedó en nada. Y hablando de sensaciones ya conocidas, cómo no hablar de Teixeira Vitienes II, que se tragó un penalti por un codazo de Javi Navarro a San José y pitó algunas faltas disparatadas, sobre todo una a Aduriz, cuya única culpa en la jugada fue recibir un manotazo en la cara. La pregunta se extendió por la grada. ¿No podían haber elegido a otro trencilla para la despedida de La Catedral?

La segunda parte empezó por los mismos derroteros, de manera que se trataba de esperar a que, en algunas de sus acciones de ataque, se encendieran al menos dos lucecitas, las del centrador y las del rematador.

Eso y que el Levante no hiciera alguna sorprendente diana en alguna de sus escasas aproximaciones. Como la de Diop en el minuto 51, que acabó desviando el poste. Pasada la hora de partido, sin embargo, una estupidez de Muniain tirándole una patadita a Rodas tras un forcejeo cambió el decorado. El navarro se ganó la roja y quedará en la historia como el último expulsado en la historia de San Mamés. Un buen corolario para su nefasta temporada.

El Athletic lo siguió intentando en inferioridad, pero con menos constancia y el mismo desacierto en sus centros. Bielsa agitó el banquillo en busca de soluciones que no llegaban ante una tropa con mucho oficio, sobre defensivo, como es el Levante. Ya había sacado el rosarino en el minuto 55 a Ibai Gómez en lugar de Susaeta y luego metió primero a Toquero, al que dejó su sitio un desacertado Herrera, y luego a Llorente por Aduriz.

No llegó el gol y sí, lo que son las cosas, el jarro de agua fría en el descuento con el tanto de El Zhar. El final no fue el esperado y seguro que a los jugadores les dolió una enormidad. Pero son cosas del fútbol, ese juego que dijo adiós con el corazón a uno de sus grandes santuarios.

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