El portento físico que aterrizó en la NBA con apenas 18 años ha necesitado casi diez para convencer al mundo de que está en la estela de los más grandes. Llegó como el perfecto abusón, el jugador sobrado de físico, pero incapaz de entender el juego como algo colectivo. El baloncesto, como una prolongacion de un ego desmedido, de imponerse por su enorme poderío y presentarse como el nuevo mesías, el penúltimo sucesor del gran Jordan. Un pecado de vanidad que los aficionados parecen comenzar ahora a perdonarle, incluso después de su traición a Cleveland para aliarse con Pat Riley en Miami. A diferencia del pasado, LeBron ya entiende el juego, incluso es capaz de aprovechar su inmenso potencial para hacer un poco mejores a los que le rodean. No lo ha conseguido del todo, pero está en el camino. Anota menos que en sus tiempos de Cleveland, pero en menos minutos, con mejores porcentajes y mayor número de asistencias. A su edad, Jordan también había ganado un anillo y acabó con seis. Eso sí, la estrella de los Bulls convirtió en estrellas a un grupo de anónimos. A LeBron le queda tiempo, pero el recuerdo de Air Jordan está aún demasiado fresco para que alguien pueda superarlo, aunque al lado de King James sea un alfeñique. O precisamente por eso.