Una cerveza con Greg Norman

Adam Scott brinda su título del Masters a su mentor, que fue tres veces segundo en Augusta


Redacción / La Voz

Cuando la chaqueta verde de ganador del Masters descansaba ya sobre sus hombros, el australiano Adam Scott pensaba en sentarse a tomar algo y brindar con su mentor, Greg Norman, el rostro de la amargura en Augusta, donde fue tres veces segundo. Recién proclamado campeón tras superar en el segundo hoyo del desempate al argentino Ángel Cabrera, hizo un brillante ejercicio de memoria, convertido en el primer jugador de su país que gana el Masters. «Primero me quiero acordar de Greg Norman, que inspiró a todo un país, así que una parte de todo esto es suya», explicó el líder de la participación aussie, que situó a tres jugadores en la lucha por el título en la última jornada, pues también optaron a la victoria sus compatriotas Jason Day y Marc Leishman. Pero todo empezó con Norman. «Fue el mejor jugador del mundo, un icono en Australia y un modelo de conducta. Él se merece también esta chaqueta porque me dedicó mucho tiempo, inspiración y confianza. He pensado mucho en él durante todo el día. Estoy deseando tomarme una cerveza con él para compartir este momento», añadió Scott.

Un país con 15 grandes

El golf australiano acaparaba hasta el domingo 15 grandes, tenía ocho jugadores entre los 100 primeros del ránking y colocó a cuatro representantes en el Masters. En Augusta nadie estuvo tan cerca del título como Norman, doble ganador del Open Británico (1986 y 1993), y segundo varias veces en el US Open, el Campeonato de la PGA y el Masters (1986, 1987 y 1996).

Scott nació y se puso a jugar al golf. Su padre era profesor y fue el encargado de enseñarle hasta que tuvo 19 años, cuando dejó de tutelar su carrera, y su madre también compitió a un buen nivel. Su trayectoria apuntaba desde hacía tiempo a algo grande. Había sido segundo en tres majors, el PGA del 2006, el Masters del 2011 y el Open Británico del 2012, cuando desperdició una ventaja de cuatro golpes en los cuatro últimos hoyos. El australiano forma parte de la generación Game Boy, un grupo de jugadores jóvenes, fibrosos, a los que les costó traducir su potencial en victorias de grand slams. Ni Sergio García, ni Luke Donald, ni Justin Rose, ni Ian Poulter, ni Paul Casey, entre otros, lo consiguieron aún.

Scott también tuvo sus altibajos. Durante uno de ellos, le rescató Greg Norman convocándolo para la Presidents Cup del 2009, como reconoció el domingo el propio ganador.

Caminaba por la calle del hoyo 10 en el desempate por el título con Ángel Cabrera, y Scott escuchó las palabras de su padre, su primer profesor: «No se podía tirar mejor». Quizás fue esa la palabra que le faltaba escuchar para ganar. El entorno de nuevo. Norman le dio la inspiración, su padre la confianza y Steve Williams, el cadi que acompañó a Tiger Woods en 13 de sus 14 grandes, los últimos consejos.

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