Mandan los de casi siempre. Veinte años atrás, la semifinal de la Liga de Campeones podría haber tenido los mismos protagonistas. Tres de los cuatro alcanzaron la misma ronda hace doce meses. El poderío económico marca el pulso del futbol español, pero también del europeo. Los grandes se retroalimentan a sí mismos: ganas porque tienes más y cuanto más ganas más tienes. La crisis del Calcio alejó a sus representantes de la primera fila; los primeros a los que los excesos económicos pasaron factura. Inglaterra, probablemente con la competición más y mejor organizada, sufre lejos de sus estadios y, paradójicamente, el reparto más equilibrado de los ingresos le impide competir con la constancia que lo hacen los dos grandes españoles. Eso sí, la tradición es tan respetuosa que de vez en cuando le reserva un espacio en las grandes citas. Y el Bayern, una potencia económica y deportiva, uno de los pocos gigantes deportivos europeos cuyo devenir no depende de los caprichos del millonario de turno ni de los petrodólares que amenazan con alejar el balompié de sus auténticas esencias. El cuarto invitado es el Borussia, el modelo futbolístico condenado a reiventarse cada vez que los parientes ricos le arrebatan alguna de sus estrellas, como le volverá a suceder en los próximos meses.
En el fondo, no deja de ser una ingenuidad el creer que, como juego, el fútbol convierte de vez en cuando los sueños en realidad. Aunque esa realidad, terca -y lo saben muy bien Dépor, Villarreal o Málaga- acaba por transformar en pesadilla lo inesperado. En el fútbol reinan Messi, Cristiano, Ribery o Gotze. Y los pocos privilegiados que pueden permitirse tenerlos en nómina.