La sonrisa es el gesto que más sensaciones transmite: felicidad, alegría, satisfacción, agradecimiento, ternura. Si además se dibuja en la cara de un niño comunica cariño. Cuando cierro los ojos y pienso en Oumar, su blanca e inmaculada sonrisa ocupa mi mente, un recuerdo imborrable que me acompañará siempre y que decididamente ha cambiado mi vida. Un Niño Grande nos trajo desde Mali una nueva visión de lo que es verdaderamente importante, en estos momentos en que los cimientos de la sociedad se tambalean, en los que valores como el trabajo, esfuerzo, sacrificio o solidaridad se han sustituido por lo fácil, lo inmediato y lo material. Tuvo la valentía y el coraje para abandonar su casa en África y dar el salto a Europa, el paraíso de la abundancia, sin más equipaje que su prodigioso físico de jugador de baloncesto y sus ganas de conseguir un medio de vida para él y sus once hermanos. Pero la vida te la juega cuando menos te lo esperas. Aquí no hay árbitros que velen por la deportividad. La mala suerte de haber nacido en una sociedad con pocos privilegios debería de haber sido suficiente castigo. No haber tenido la posibilidad de vivir como se merecía, con el fruto de su esfuerzo, es algo que el destino nos tendrá que explicar. A toda la familia del Básquet Coruña nos toca ahora cumplir un difícil desafío: conseguir que todo lo que nos ha enseñado Oumar, su simpatía, compromiso, valentía, entrega, sencillez y, sobre todo, humildad, no se pierda con el paso del tiempo. Desde dónde está, Oumar será el eterno guardián de los valores de la marea naranja, con todos aquellos que en algún momento de su vida han ayudado a que el sueño del baloncesto arraigue en la ciudad. Ni sus compañeros ni sus amigos dejaremos que nadie olvide su legado en el Leyma Básquet Coruña. Mucho más que un jugador, Oumar Diakité es un ejemplo para todos nosotros. Quedará para siempre marcado en los corazones de los que componemos la familia del Básquet Coruña. Lo recordaremos por su eterna sonrisa.