No existía duda sobre el futbolista a distinguir con el Balón de Oro 2012. A lo largo del año, Messi había confirmado méritos individuales que le sitúan por delante de otros excepcionales profesionales quienes también cautivan jugando al fútbol. Pero el secreto está en que el argentino les aventaja con un más X cuando el balón llega a sus pies.
A la hora de hablar de los hombres que conquistaron el balón de oro es obligado mencionar al coruñés Luis Suárez Miramontes (que ayer obsequió a los lectores de La Voz con un bonito artículo dedicado a Messi), único futbolista nacido en España que conquistó el preciado galardón, en 1960. El año anterior había sido para el argentino Di Stéfano, ya en el Real Madrid.
A mitad del siglo pasado, en 1956, se inició este reconocimiento oficial del los mejores futbolistas del mundo. El inglés Stanley Matthews inauguró la lista, más por lo que él representaba en el fútbol inglés que por sus méritos de aquel año.
El menudo pero grandísimo jugador del Barcelona se ha adjudicado el trofeo en cuatro ocasiones seguidas, en una conquista que nadie puede ni debería discutir porque las virtudes relucen en el campo cuando Messi entra en juego, y deslumbra incluso a sus adversarios.
Este as argentino posee unas virtudes mentales que le hacen diferente a los clásicos jugadores de fútbol, quienes reciben, controlan el balón y son capaces de mover a sus equipos con pases certeros al compañero quien aprovechará, o no, el servicio del asistente que es un crac. Pero Messi lo es aún más, porque lo hace todo de forma rápida, sin aquellas ayudas, sorprendiendo no solo a extraños sino también a sus propios compañeros.